miércoles, 24 de agosto de 2011

Breve historia de la infrapolítica I


I. Los precursores de 2001

"Cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro. En esta correlación nada importa la identidad o la pluralidad de los hombres"
Borges, "Kafka y sus precursores"


somos nosotros
obra del Taller Popular de Serigrafía

Busco con esta breve historia comprender el avatar micropolítico en que derivó la infrapolítica luego de 2001.
Es el sinuoso y discontinuo camino que va desde el eclipse de la política estatal como lugar de pensamiento de lo común (como lugar natural de lo político) a la formación de un campo de autonomía donde pensar lo común. El camino que va de lo que llaman “crisis de representación” (y yo llamo, más bien, cesación de la representación) al estallido de presentación. El camino que, en lugar de ir del sujeto ciudadano al sujeto consumidor (un camino de desubjetivación), va hacia un sujeto colectivo bien contemporáneo pero que crea y autogestiona nuevos valores y modos de vida (un camino de subjetivación). El camino que va de la impotencia en que nos sumieron Dictadura y Neoliberalismo a la potencia que nos dan las Madres, los piquetes, 2001. Lo repasaré a trazos gruesos, obviando las interacciones e influencias de movimientos internacionales como la caída del Muro de Berlín, la emergencia del zapatismo, la globalifobia o el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, entre muchos otros, como el Caracazo y la movida boliviana.
Desde la Dictadura comenzó 4a construirse una esfera que no conocíamos, que no habíamos visto antes y que se hizo visible recién en 2001, que es la esfera de la infrapolítica.[1] Tomo la palabra y noción que propone Diego Sztulwark, aunque le voy a dar un cariz un poco diferente ya que para él infrapolítica y micropolítica son, según entiendo, la misma cosa, y en esta nota, o la siguiente, yo quiero diferenciarlas. La esfera infrapolítica es, como sugiere su nombre, una esfera política (o, más bien, de politización), pero a la vez, una esfera como si dijésemos ‘sub-política’. Es un campo que no llega a ser, por derecho propio, de la gran política, pero que tampoco –esto es fundamental– busca serlo, pues lo suyo no es la política sino lo político: el pensamiento de las cuestiones relativas a lo común.[2] Mientras la política es una instancia que tramita el “poder sobre” los demás (sobre ‘los ellos’), lo político es el campo difuso de los problemas del “poder hacer” nosotros. En criollo: la infrapolítica no busca la toma del Estado. Lo político atiende a su construcción, a sus problemas, y no a los de la agenda mediática o estatal, que es la agenda corrientemente llamada política.
La infrapolítica es entonces una actividad que problematiza lo colectivo y grupaliza los problemas. Y, justamente porque no es una instancia de tramitación, sino un agenciamiento del común, es también una actividad creativa y productiva que, más que tramitar lo que encuentra, inventa realizaciones para los posibles que encuentra en lo que encuentra. Mas que gestionar o representar a los ellos, construye su nosotros. La infrapolítica, en otras palabras, desarrolla unos lazos sociales singulares para explorar y configurar los vacíos (las indeterminaciones) con los que se encuentra –pero se encuentra con ellos porque, como sucintamente veremos a continuación, los produce con los problemas que plantea.
El campo infrapolítico es el campo donde algunos problemas de la vida en común que no son, como digo, ítems de la agenda política, ítems de la agenda de la vida común tratados como problemas de la vida en común y así son politizados: por el simple y grande hecho de que su tratamiento es colectivo: así con los colectivos de alfabetización o los que organizan comedores o administran comunitariamente planes sociales o los que realizan acciones jurídicas o tratan problemas de paco. No son problemas naturalmente estatales, no son puntos habituales de la agenda mediático-política, pero son problemas que uno que otro grupo toma como problemas de la polis, de la ciudad, de la vida en común, y en este sentido, son problemas que el colectivo politiza. Tratar juntos una cuestión, a la vez que politiza a los que nos juntamos para tratarla, politiza la cuestión; no hay temas y problemas a priori de la infrapolítica. Pero a la vez –y tal vez este sea su costado más temible desde el punto de vista de la política– tampoco hay límites territoriales o sociales a priori para la infrapolítica (un corte en Tartagal puede expandirse hasta un que se vayan todos en todo el país).
La primera politización infrapolítica fue la de las Madres de Plaza de Mayo, una politización que no se dejaba tratar según el trámite estatal acostumbrado, esto es, ni la representación, ni la represión militar. Aunque todavía en el movimiento de las Madres el interlocutor principal seguía siendo el Estado, cuando la consigna de las Madres se convierte en “Aparición con vida”, lo que las Madres presentan es un irrepresentable: un problema político (del común para tratar en común) e intramitable por la política. Como decía Raúl Cerdeiras en 1997, “Lo que exaspera al encuadre político establecido es que lo que declaran las Madres no se puede gestionar, negociar, consensuar […] ¿A quién representan? Es lo que desvela al estado y a todos las políticas que giran a su alrededor. En esto reside su potencia política,”[3] o –en los términos que aquí empleo– su potencia politizadora.
Ya en la década del '90 aparecen más movimientos infrapolíticos, especialmente los movimientos piqueteros y el de los hijos de los desaparecidos. Los piqueteros que se agruparon como movimientos de trabajadores desocupados planteaban también un oxímoron irrepresentable: ‘somos trabajadores –y en este sentido los sindicatos podrían representarnos– y somos desocupados –y en este sentido los sindicatos no pueden representarnos– y no queremos que nos represente nadie, vamos a la ruta’.
“El movimiento de trabajadores desocupados o movimiento piquetero fue un emergente de la destrucción de puestos de trabajo por las privatizaciones de las empresas del Estado y por la «reconversión» de las empresas privadas. […] Surgió de la crisis de la denominada «sociedad salarial» […] El movimiento piquetero instituyó una esperanza y una posibilidad concreta para evitar un destino terrible. Lo que asombró de este movimiento es que haya planteado desde tales abismos sociales una respuesta organizada. Las clases dominantes y la mayoría de los intelectuales argentinos suponían que desde la desintegración social […] no podía surgir ningún tipo de respuesta organizada que recurriera además a consignas potencialmente universalizables. Había un prejuicio arraigado […] Los desocupados eran una figura no histórica (lumpenproletariado), […] un fenómeno carente de capacidad transformadora […] El cuerpo «comunitarizado», en la ruta y en el barrio […] y las subjetividades que contiene, es el cuerpo mismo en el que se inscribe la historia .”[4]
“No son víctimas, realizan actos de emancipación. Más allá de los cortes de rutas, el otro corte, del que poco y nada se habla, es del circuito de la vieja política. Por eso es que estos movimientos se realizan fuera de los partidos políticos y las organizaciones sindicales (que son ambas instituciones del estado), no se proponen acceder a ningún puesto del estado y obligan al poder a ir al lugar mismo que ellos ocupan para discutir en asamblea pública la situación lo que potencia a la presentación en desmedro de la representación.”[5] “Esas luchas se inician al margen de los partidos políticos, de las organizaciones sindicales o cualquier otra institución estatal”[6]
No buscaban gobernar sino construir comunidad y resolver problemas:
“En eso seguimos el camino que han hecho los compañeros de Mosconi [Salta] de reconstruir el tejido de la comunidad, en función del bien común, el medio ambiente, la salud, los pibes, y otros problemas que todavía en los barrios están sin resolverse.”[7]
Los H.I.J.O.S. por su parte inventan los escraches con la consigna “Como no hay justicia, hay escrache”. De tal modo, la infrapolítica se convirtió en los '90, con los piqueteros y los H.I.J.O.S., en lo que hacemos cuando la política ha perdido los instrumentos para tratar ciertos problemas de la vida en común –cuando la política ha perdido, especialmente, el instrumento representativo. Si el Estado se retira, nosotros nos juntamos en su ausencia y pensamos-hacemos.
También en los '90, como frutillita que coronaba el postre, apareció otro movimiento infrapolítico, el llamado 501, cuya movida podría resumirse parafraseando a los H.I.J.O.S.: como el Estado no nos representa, vayamos allí donde la representación le es explícitamente indiferente e intentemos habitar ese espacio. 501 viajó a más de 500 km de su lugar de residencia para no participar en las elecciones de ese año y realizar allí una asamblea. La siguiente era su declaración:
“Querrán acaso acusarnos de antidemocráticos, de boicotear el único momento de la vida cívica donde se ejercen los derechos ciudadanos. Sin embargo, es exactamente por lo contrario que decidimos levantarnos: para recuperar el poder de decisión que se halla en el fundamento de la idea de democracia. Es porque el sentido profundo de la democracia se ha extraviado que rediscutirla se ha tornado imperioso. Sería mucho más simple quedarnos en casa a no votar una vez más […] Es necesario reencontrarse con la pasión política, darle brillo a palabras hoy gastadas, abandonar la inercia y el lamento ante lo que nos sucede. Intentar trazar el recorrido de una hipótesis política, comprometernos, juntarnos. 5ø1 es esa apuesta. […] 5ø1 es el nombre de todos aquellos que están hartos de estar hartos. Ellos somos nosotros”.
Como abriendo un cauce por el que fluiría 2001, 5ø1 estaba convirtiendo en problema común, vía declaración y asamblea, algo que hasta el momento solo se planteaba como malestar individual, esa sensación de que nada te representaba (‘no me siento representado por nadie’), así como convertía en común el modo de trabajar ese problema.
Profe: De todos modos, 2001 tuvo un alcance mucho mayor.
Alumno: ¿En qué sentido lo decís?
Profe: Lo de 501 fue hecho por cuatro gatos locos que se fueron de camping al medio de la pampa. Lo de 2001 fue masivo al punto de poner en jaque al poder y encontrar resonancia internacional.
PH: Yo diría que lo de 2001 no solamente fue cuantitativamente más grande. 2001 tuvo además una potencia cualitativamente distinta. Podríamos decir que mientras 501 dijo nos vamos, 2001 dijo que se vayan todos. Para hacer su asamblea, aquellos debieron irse hasta el lugar donde resultaban electoralmente indiferentes, mientras que la asamblea dosmilunera abrió, a machetazos, el espacio vacío donde reunirse. Váyanse, que aquí venimos nosotros.
[ver otros adelantos del libro]

[1] “Llamaría infra-política (o aún micropolítica) a lo real de las experiencias que (con relaciones oscilantes y variables en relación con los ‘políticos’ de los que desconfían) hacen sus cosas (es decir hacen colectivo, hacen social) sin saber del todo qué cosa es la política. Ampliando y cuestionando las definiciones que, no por casualidad, nos dan quienes ‘saben-de-política’. La descofianza de que hablan los pibes [que se autodenominan “hijos de 2001”] no me parece un dato secundario o contingente, sino inherente a la infrapolítica. Un dato que habla de lo irreversible de la experiencia […] que hizo síntesis durante la crisis del 2001.” (Sztulwark, D., “infrapolítica”, escrito en octubre de 2010, Buenos Aires; disponible en www.pablohupert.com.ar/index.php/infrapolitica/; en línea, visitado el 26/4/11)

[2] “Digamos que ‘lo político’ nombra aquí un tipo de actividad cuya orientación es la de cuestionar e instituir los lazos sociales. De revisar y crear los enlaces y las relaciones que conciernen a lo que podríamos llamar el cuerpo colectivo, la ciudad, la potencia común. Aclaro desde el inicio que lo político, así definido, no tiene una relación pacífica o armónica con la política, entendida como una instancia o conjunto de instituciones encargadas de gestionar y representar los avatares de una colectividad” (D. Sztulwark, “Suspensión de lo político”, conferencia en el Estudio de Pablo Hupert, Buenos Aires, 18/08/09).
[3] “20 tesis acerca de Madres de Plaza de Mayo y algo más”, en revista Acontecimiento Nº 13 , Buenos Aires, 1997.
[4] Miguel Mazzeo, “La respuesta impensada”, revista Acción, noviembre de 2010; www.acciondigital.com.ar/15-11-10/pais.html#bicentenario, en línea, visitado el 26/4/11.
[5] Cerdeiras, ob. cit.
[6] Cerdeiras, “La política que viene”, en Acontecimiento n° 23, abril de 2002.
[7] MTD-S en diálogo con el Colectivo Situaciones, en La hipótesis 891. Más allá de los piquetes, Buenos Aires, De mano en mano, 2002, p. 149.

La gestión compatibiliza infra y macropolítica


Cuando no hay metaestructura que homogeneíce los elementos sociales, la representación no puede ligarlos. Luego, el Estado ya no puede ligarse con la sociedad representándola. En su desgarro más candente: la política estatal no puede gobernar la infrapolítica representándola. El Estado posnacional argentino salda la inoperancia de la representación con gestión.
El Estado de tiempos postindustriales tiene un problema que también tiene la infrapolítica (que es el nombre de la subjetivación de tiempos postindustriales). El problema que ambos comparten es el problema de la gestión material de la vida. El Estado no tiene asegurada su estabilidad política ni su financiación económica; los excluídos no tienen asegurado el trabajo, el sustento.
La política de tiempos nacionales, la política de tiempos de capital productivo, a veces industrial, a veces agrario (o ambas cosas, como en el caso argentino) era una política en que no estaban en duda los modos de producción misma de riqueza. Estos años, en cambio, son tiempos en que no es seguro que haya capitales, no es seguro que haya naturaleza, no es seguro que haya trabajo. Así, si la gran divisioria de aguas políticas de tiempos industriales pasaba por el asunto de la propiedad de los medios de producción, hoy lo que está en cuestión es la viabilidad misma de la producción y del trabajo.
Incluso podríamos decir que mientras la política clásica debía preocuparse por cómo representar adecuadamente la vida, la política contemporánea en general (tanto la política como lo político) debe ocuparse de la 'presentación' misma de la vida, de tramitar todo lo necesario para que se produzca y reproduzca. Así las cosas, las diferencias entre las concepciones políticas no se dan en función de la representación (hétero-representación, auto-representación, representación parlamentaria, soviética, monárquica, corporativa, etc.), sino más bien en función de la gestión: hétero-gestión, autogestión, gestión empresarial, gestión estatal, gestión mercantil, gestión de organizaciones de la sociedad civil, etc.
En este punto ya la cuestión no es representar adecuadamente los problemas de los sectores definidos según sus lugares en la producción sino asegurar la producción, asegurar que exista y que perviva. En tiempos industriales, la producción podía darse por supuesta; era un hecho dado, y la política discutía la distribución (de la propiedad de los medios de producción, del excedente, del ingreso, de la tierra, del poder). En los tiempos contemporáneos, en cambio, es la producción misma la que está en cuestión, sea porque los capitales se fugan y escurren como agua, sea porque se extingue el trabajo fabril rutinario, sea porque los capitales se apropian el agua, sea porque el cambio climático hace dudar hasta de los ciclos naturales y las cosechas, o incluso porque los movimientos campesinos y originarios plantean la cuestión de la soberanía alimentaria. La cuestión de la soberanía alimentaria es bien contemporánea, clava su interrogación en el corazón de la encrucijada actual: ya no tanto de quién es la tierra (los pools de siembra se conforman con arrendarla) o sus frutos, sino qué produce y cómo. En un escenario más urbano y de un modo distinto, también las empresas recuperadas muestran que la encrucijada actual no está en la lucha por la distribución del excedente económico sino en la lucha por asegurar que haya economía. Es una necesidad de asegurar que haya economía que tienen tanto el Estado como los sectores excluidos.
Si me permiten esta incómoda manera de decirlo, el quid de nuestros tiempos no es ya la apropiación del excedente económico sino la producción del necesario económico; no es ya el reparto del fruto del trabajo, sino el trabajo. No ya el nivel segundo y trascendente de la distribución económica o la constitución política, sino el nivel primero e inmanente de la actividad económica y la relación social. Para el nivel segundo, se requería representación. Para el nivel primero, gestión.
Así las cosas, la penetración del Estado en la sociedad no se da por medio de la representación sino que se da por medio de la gestión, en correlación con el hecho de que el funcionamiento mismo de la economía no consiste en un fetichismo de la mercancía que hace que el resultado del proceso productivo tome el lugar de éste o que la mercancía oculte el proceso de producción o las relaciones sociales de producción representándolo, sino el puro ‘hay o no hay’, el puro ‘ya’ (o nunca). Se plantea, ya desde la misma economía contemporánea, algo así como un principio de inmanencia absoluta que es en sí mismo gestión (implementación de procedimientos, estandarizados o improvisados, consensuados o impuestos, que consigan los resultados que cuentan, que importan), a diferencia del fetichismo de la mercancía que es en sí mismo representación.
Aun si esta correlación que intuyo para los tiempos actuales (entre inmanencia económica y gestión política) no es tan sólida como la verificada entre representación política y fetichismo de la mercancía, vale por lo menos el señalamiento de que las condiciones económicas contemporáneas no son compatibles con la representación política clásica. Vale el señalamiento de que las relaciones sociales de tiempos nacionales e industriales eran penetrables por la representación, configurables representacionalmente, mientras que las contemporáneas, no. Después, si mi hipótesis de una correlación entre inmanencia pura de la economía y política gestionaria no prospera, podremos ver a qué se debe esta contemporaneidad entre una y otra, pero quedaría aun en pie la incompatibilidad entre una economía inmanente como la posindustrial y una política representativo como la nacional.
También queda para otra ocasión diferenciar entre tipos de gestión. Se me ocurren por lo menos cuatro: la mercantil, la política, la no gubernamental y la infrapolítica, y dilucidar si hay un principio común de funcionamiento entre los diferentes tipos de gestión. Por lo pronto, desde el punto de vista nosotros, habrá que diferenciar entre gestión y autogestión:
“F. Ingrassia plantea una tesis con futuro: se cierra el antagonismo en términos políticos y se reescribe en términos de gestión. Los problemas son problemas de gestión, tanto el problema del estado técnico administrativo como el problema de las asambleas. Lo más importante que están haciendo las asambleas, en general, es ir generando mecanismos de autogestión de diversos aspectos de la vida social. Pero entonces tendremos que pensar en dos modelos de cohesión, heterogestión y autogestión.”[1]
Se abre aquí todo un campo de exploración para los nosotros del que poco puedo decir ahora –salvo señalar que el espacio que exploran los movimientos campesinos y las empresas recuperadas. Sí puedo decir que se trata de un aspecto más de la pérdida de centralidad del Estado, o, en otras palabras, de su pérdida de trascendencia. Como ya no representa y gobierna, sino que gestiona y resuelve, se haya en la inmanencia de lo que gestiona. Ya no está, como un todo, por encima de las partes sino que co-gestiona lo social junto a otros elementos sociales, como empresas, medios, ong’s, sindicatos, etc. Y también junto a organizaciones micropolíticas; les leo el siguiente pasaje que menciona dos organizaciones de la cuenca Matanza-Riachuelo que plantean una agenda de cuestiones relacionadas con las redes de aguas y la contaminación:
“Tanto en el caso de las Madres de las Torres de Wilde, como en el del Foro Hídrico, 1- Se trata de colectivos que plantean una posición confrontativa con el Estado. A diferencia de las organizaciones colectivas de los ’90, por ejemplo los piqueteros, estas son más demandantes con respecto al Estado, para que controle espacios de proximidad, que establezca nuevas regulaciones, que controle las actividades industriales, las fuentes de contaminación, etc. 2- Se forman colectivos multisectoriales; es decir, hay participación de vecinos, de técnicos, de grupos de clase media, de profesionales, de militantes políticos, pero se asume que en el espacio colectivo la representación política no puede predominar sobre la articulación. 3- Ganan peso las controversias sociotécnicas, porque hay un reclutamiento de especialistas, pero también hay un proceso de aprendizaje colectivo respecto del cual los vecinos, las comunidades, dejan de ser legos y se convierten en expertos. Van armando una contraexperticia.”[2]
Peatón 3: Experticia y contraexperticia suenan como otra forma de decir que el antagonismo pasa por la divisoria entre autogestión y heterogestión.

Posdata: crisis civilizatoria, Estado y autogestión.

Después de todo, hay un punto en que el Estado sí resulta necesario para las cuestiones de la vida ‘subestatal’ o infrapolítica, que es la transición hacia otro modelo civilizatorio. Sea por riesgos visibles como el de la central nuclear de Fukushima de Japón, sea por depredaciones más imperceptibles como la del suelo, la del subsuelo, la del aire, la del agua, las de los ocho millones de canguros que Nike deberá matar en 2011 para ponernos zapatillas a los peatones del mundo. Sea porque las ciudades no dan abasto para recibir los desplazados, por los cultivos agrarios que requieren cada vez menos mano de obra y van a la ciudad donde se deberían ofrecer los servicios que se consideran mínimos para la vida urbana, sea porque la energía es cada vez más insuficiente o más onerosa de producir y consumir, el modelo civilizatorio, lo que consideramos civilización, confort, progreso, prosperidad, los modos de asegurarlo (incluyendo alimentación, transporte, energía, iluminación, salud y tal vez incluso higiene vestimenta y demás) debe ser abandonado.
Les leo un extracto (un poco largo, comprenderán ustedes) de una propuesta del Movimiento Nacional Campesino Indígena que me llegó por mail en enero último con el título “Represión a los Qom, villa Soldati, trabajo rural esclavo: Todas caras de la Agricultura Industrial.” Y con el subtítulo “No será sencillo pero es urgente transformar el modelo agropecuario argentino”.
“[…] Proponemos algunos ejes de Soberanía Alimentaria:
Reconocimiento por parte de la sociedad en su conjunto: -De lo rural y de lo urbano, como formas de vidas diversas y complementarias; cuyas relaciones se definen por la solidaridad. -Del mundo rural como Espacio de vida cuya consolidación requiere de presencia de una población enraizada, con condiciones mínimas de permanencia, la más importante es el acceso y uso de la tierra, el agua y demás bienes naturales. -De que estos territorios y poblaciones diversas (pueblos indígenas, campesinas, pescadores artesanales, pastoralistas, trabajadores y asalariados rurales y otras), tienen una importancia clave y es dar al conjunto de la sociedad  la provisión de alimentos y preservación de la naturaleza y al patrimonio natural y cultural, la biodiversidad que nos pertenecen a todos-todas. -De la mujer como productora de vida, alimentos, arte, cultura, conocimientos, valores y diversidad. -Respeto a las semillas y los procesos milenarios genéticos, basta de trangénicos. -De las organizaciones y Movimientos campesinos, de pescadores artesanales, pueblos indígenas como instancias directas de participación, diagnóstico y ejecución territorial de políticas de desarrollo [aquí también podemos leer “gestión” o “contraexperticia”] y luchas por las conquistas de derechos civiles sociales y culturales.
Debemos impulsar que los gobiernos provinciales, municipales y nacional realicen: -Leyes de apoyo y estimulo que custodien y promuevan estos modelos de producción y provisión de alimentos, a las comunidades y los bienes naturales. -Leyes de suspensión de desalojos y garantizar el acceso al agua. Apoyo y Estímulo: -Al desenvolvimiento de formas de economías de proximidades que garanticen a las poblaciones urbanas alimentos sanos de las poblaciones rurales de acuerdo a la diversidad cultural (pueblos indígenas, campesinas, pescadores artesanales, pastoralistas, trabajadores y asalariados rurales) […] -Al acceso de estas poblaciones del campo y de las pequeñas ciudades a los bienes y servicios, priorizando los que esos grupos y poblacionesconsideren necesarios para el ejercicio de su ciudadanía. Que además participen en la gestión y administración de los mismos. Con énfasis especial en acceder a los bienes y servicios que garantizan los derechos básicos fundamentales, como la educación, salud, comunicación y recreación. -Ampliación de ofertas de asentamientos en el campo y a pequeñas ciudades, especialmente a los jóvenes, para reducir los impactos negativos del éxodo rural que van a los lugares más distantes, creando en el campo las condiciones necesarias para el pleno ejercicio de los derechos en las comunidades rurales. -A las organizaciones y movimientos diversos, respetando su autonomía o filiación cualesquiera ellas sean, convocándolas a participar del diseño, programas y ejecución de los mismos sin discriminación.
“El rol del Estado en este programa es importante, en la medida que transfiera los subsidios que se otorgan al agronegocio hacia la agricultura familiar y campesina, además de abastecer a los programas sociales con producción campesina y desarrollar mecanismos de acceso directo de las poblaciones urbanas pobres a los productos campesinos a bajo costo.
“Fortalecer la vida campesina y sus organizaciones creará las condiciones para derrotar a la mesa de enlace y las transnacionales y lograr la vuelta al campo de miles de familias argentinas que se encuentran excluidas en las ciudades.
¡Somos Tierra para alimentar a los pueblos![3]
Para tamaña transición, tamaña coordinación es, claramente, necesario un Estado y sin duda no es compatible con el kirchnerismo una transición que, desde el punto de económico capitalista, es decrecimiento. A ojos vistas, deberemos empezar de manera infrapolítica la transición a otro modelo civilizatorio de manera grupuscular, mínima, casi infrasocial, ya que no contaremos con el beneplácito de los Estados ni del gran capital, pero tampoco de los habitantes urbanos acostumbrados al aire acondicionado, a la locomoción petrolífera, a la luz eléctrica y demás. La subjetividad consumidora no querrá mudarse a otra civilización…

[1] Lewkowicz, I., Sucesos Argentinos, Paidós, Buenos Aires, 2002, cit.

[2] G. Merlinsky en la mesa redonda “Procesos de aprendizaje colectivo, ¿democracia de las ecologías urbanas?”, en el libro del colectivo GPA - Gris Público Americano, Paraformal. Ecologías Urbanas, CCEBA/AECID: Buenos Aires, 2010, pp. 206-7; disponible en es.scribd.com/doc/55493420/Paraformal-Ecologias-Urbanas; subrayados míos; el epígrafe de este libro es una frase de B. Latour: "Si la verdad científica no se impone ya, no es porque el buen pueblo se ha vuelto irracional, sino porque se encuentra adelantado en situación de co-averiguación."
[3] Negritas en el original; subrayados míos.

Significado histórico de 2001


O la significación por retroacción

Significación de qsvt hacia 2002

PH: Se dice que ningún enunciado obtiene significancia por sí solo. Todo enunciado padece una indeterminación de base que solo puede ser suturada por un segundo enunciado. El enunciado 1 necesita un enunciado 2 que le dé sentido. En términos de historiador, el hecho o práctica 1 adquiere significado a través del hecho o práctica 2.
Alumno: ¿El enunciado/hecho 2 también queda significado por el 1? ¿La significación va para los dos lados?
PH: Es buena la pregunta, porque el enunciado 2 también es indeterminado en su base, y necesita ser determinado por otro, pero no está cantado qué enunciado cumplirá esta función. Puede cumplirla un tercero, o tal vez la amalgama del primero y el segundo (esto es lo más común en situaciones estatal-nacionales: la Nación recibe la sutura del Estado, que recibe la sutura de la Nación); también puede ocurrir en algún momento quede a la vista (como creo ocurrió en 2001) la indeterminación de base de esa amalgama de modo tal que esta a su vez requiera un tercer enunciado (creo que esto viene ocurriendo 2003).
Pasemos las variables del esquema “Significación retroactiva de los hechos históricos” a sus valores concretos. “Que se vayan todos” es el enunciado/hecho 1, porque es tanto el cacerolazo como el grito, y la pregunta es qué enunciado o enunciación es el hecho que los significa. O sea, acá tenemos un “?”, una incógnita. “Que se vayan todos” era, hacia 2002, una incógnita, porque no teníamos un enunciado o un hecho que lo significara. ¿Cuál era su significado? No estaba claro. ¿Qué segundo enunciado o práctica lo determinarían? No estaba claro. Un acontecimiento, dice Badiou, es tal que se pierde en sus efectos. Lo más difícil para detectarlo es que se pierde su dimensión de acontecimiento, de irrupción, de ruptura. Como en la angustia psicoanalítica (que  Lacan llama el impase de la formalización, o del lenguaje), el acontecimiento es la irrupción del vacío en lo social. Bueno, entonces cada vez que se habla de 2001, hable quien hable, parece que este vacío no se percibe. No se percibe esta dimensión de incógnita de “que se vayan todos”, esta dimensión de qué corno estamos representando. Creo que sí se pudo percibir durante un tiempito, una ventana de unas semanas o meses durante los cuales los políticos y demás agentes de la dominación todavía no estaban rearmados para salir a recubrir la consigna disruptiva con consignas que volvieran lo social a su cauce. Durante ese lapso, no había un enunciado/práctica 2 que recubriera el enunciado/práctica 1.
Opinadora: Es la primera vez en historia pasó, para mí, desde que yo tengo uso de razón por lo menos en los últimos años, es la primera vez que la gente sale así, de esa manera.
Profe: Yo leía que el 17 de octubre de 1945 pasó algo similar y puede ser que el 25 de mayo de 1810.
PH: Esto es importante: todo acontecimiento tiene el efecto de presentarse como el primero. No es que niegue lo anterior o lo circundante, tampoco es que lo anterior y lo contemporáneo no lo informen en alguna medida, pero sí ocurre que el acontecimiento se presenta como un punto a partir del cual hay que pensar todo de nuevo, pensarlo bajo una nueva luz –la luz que el acontecimiento echa: las preguntas que plantea, los posibles que crea, las prácticas que inventa. Cuando lo insertás en una serie o una tradición, cuando deja de ser punto de partida y pasa a ser consecuencia-de, es que ya perdió o comenzó a perder su potencia de afirmación, de inauguración, de configuración.
Peatón: ¿Un enunciado/práctica 2 comienza a cubrir al 1?
PH: ¡Claro! Es lo que vienen haciendo periodismo y kirchnerismo: en esos chamullos, 2001 no inaugura nada sino que es la natural consecuencia de la desidia menemista. El posneoliberalismo significa 2001 como catástrofe neoliberal, impedido de significarlo como parto. Muerte de lo anterior, sí; nacimiento de lo actual, no; nacimiento de posibles que lo actual ha venido a ceñir, menos aún.
Veo que nos resulta imposible dejar de glosar el presente –será que 2001 anda inmiscuido en nuestra circunstancia… Intentemos volver a 2002, a ese momento en que la ventana sigue abierta y el acontecimiento, salido de madre, no ha sido aun determinado por un enunciado/práctica dominante posterior a él. El estallido ya ha pasado; cuatro presidentes han caído, gobierna Duhalde; las asambleas barriales, “juguetes rabiosos”,[1] juegan con toda la rabia un juego propio allí donde todos se han ido.  Tenemos el enunciado/práctica 1: que se vayan todos. Son muchos los enunciados/prácticas que lo piensan y pugnan por significarlo.
Es 2002. ¿Quién significa 2001? El agente significador puede ser la clase política (que aun no encontró su adalid en Kirchner); el agente puede ser el comentario de la gente y la opinión mediática; el agente puede ser nosotros -un agenciamiento producido por prácticas que ejercen el que se vayan todos produciendo nosotros.
El tercero era sin duda el más amplio, el más abierto y heterogéneo: incluía asambleas barriales, piquetes, nuevos cacerolazos, empresas recuperadas, sentadas y martillazos a los bancos. Pero también era el menos desconcertado, el menos atónito, el menos aturdido, el más arrollador en esa coyuntura.
Psicóloga: Pero pueden ser los dos,  puede ser la asamblea, la gente q quería la opción de abajo, “que se vaya todo el estado”, o puede ser “que se vayan todos los políticos”, gente que quería un cambio de políticos pero no del estado.
PH: El comentario seguramente tenía mil variantes, pero yo diría que estábamos ante una encrucijada que reducía todo a dos caminos. Por un lado, estos dos, la clase política y la opinión, significaban “que se vayan todos” como “que se vayan estos políticos y que vengan otros”, y por otro, las prácticas autónomas que significaban “que se vayan todos” como “que se vaya el todo”. La opinión incluía al periodismo y al progresismo atávico –la trasnochada subjetividad estatal-nacional- diciendo ‘Que se vayan todos es negativo, hace falta una propuesta positiva’. De tal modo que invisibilizaban y tornaban ‘in-capitalizable’ la producción asamblearia, la dimensión positiva del enunciado “que se vayan todos”: su enunciación, las prácticas de su enunciación.
En esta encrucijada, me parece, debemos decidir desde donde miramos esto, porque no se puede mirar desde un lugar neutro. El periodismo cree que mira desde un lugar neutro, pero no. Entonces yo lo que intento hacer es una lectura desde la autonomía.
En la acepción de “que se vayan estos políticos y que vengan otros” está la intención de delegar la potencia propia en otros. En cambio en la asamblea está la intención de que nosotros ejerza su potencia y explore el mundo que se le abre.
Peatón: El cambio es a medias, no es total.
PH: Ahí viene la otra cuestión y ahí viene Kirchner. Nunca en la historia un plan (o una consigna) se concreta como fue planeado. Y ahí viene lo que se llama efectuación. La diferencia entre aplicar y realizar. Una idea se aplica tal como era si se la aplica. La idea sería un modelo abstracto y la aplicación da lugar a un modelo concreto, pero los dos modelos son réplicas uno del otro. En cambio, una realización social, histórica, no es la réplica, la aplicación de la idea o del plan original, (lo que lleva a muchos a hablar de revoluciones congeladas, como la de México, que se habría detenido antes de consumarse). Pero, más que medir cuán realizada quedó una idea, debemos pensar cómo una nube de posibles nuevos se explora, se realiza, se transforma y nos transforma. Pensar, no cómo se aplica, sino cómo se realiza. La realización no es un proceso de réplica, no es una aplicación, sino una transformación. “Que se vayan todos” se transforma en otra cosa. ¿En qué cosa? Depende del enunciado/práctica que lo determine. La práctica-enunciado que lo viene determinando es la dupla kirchnerato-medios.
Este enunciado/práctica 2, por supuesto, estará condicionado por el 1, que insistirá, inmiscuido, en la significación histórica que adopte por obra del 2. Más brevemente: e/p 1 condiciona a e/p 2 que determina a e/p1 suturando una inconsistencia que nunca se llega a conjurar del todo. El 2 determina cómo la condición (el 1) lo condiciona sin llegar jamás a liberarse del todo del condicionamiento que le impone. Digámoslo así: El 2 sutura la apertura que el 1 operó en lo social, pero no logra saturar de sutura esa apertura.
Si la sutura no satura es porque no logra suturarse del todo, no logra imponerse del todo, no logra recubrir del todo la apertura, y si no lo logra es porque la sutura no es representacional sino imaginal, no es nacional sino posnacional.
El fantasma de qsvt recorre Argentina.

[1] La expresión es de A. M. Fernández.

¿Por qué posnacional?


Los amigos me preguntan por qué digo que los gobiernos de los Kirchner han contribuido a formar un Estado posnacional.
“Posnacional” no habla de ‘una época posterior a la desaparición de la nación’, sino de una en que la nación adquiere una forma distinta a la que había adquirido con el Estado-nación (compuesta de públicos o gente, y no de clases o pueblo; formada por consumidores y no por ciudadanos; dependiente más del espectáculo que de su historia; más impulsiva-sentimental que épica-patriótica; más identificada con sus celebridades que con sus próceres; más multicultural que “crisol de razas”, etc.). En realidad, cómo es una nación posterior a la estatal-nacional es algo que se nos va aclarando a medida que se va desplegando y la vamos leyendo, del mismo modo que se nos aclara cómo es un Estado posnacional a medida que se va creando y lo vamos leyendo. Vayan unas líneas sobre el carácter estratégico de la noción de Estado posnacional.
“Posnacional” no es un concepto, una categoría que sea parte de un sistema de pensamiento estricto y coherente. No es el engranaje de una maquinaria de teoría política. Es más bien una expresión que resultó cómoda para ir reuniendo y distinguiendo todos esos rasgos, prácticas, características, acciones que se vienen desarrollando sobre todo en el ámbito estatal desde el 2003 a esta parte y que no condicen con las características clásicas de un Estado nacional.
Cuando, antes de las reuniones que motivaron este libro, comencé con las notas sobre el Estado actual, el adjetivo resultaba operativo: primero, para evitar caer en creer, de un lado, la publicidad oficial de que el Estado-nación volvía y, del otro, la opinión opositora de la posibilidad y conveniencia de restaurar una institucionalidad republicana; y, segundo, para evitar arrastrar significaciones de otras teorías políticas o de la opinión periodística que estorbaban el pensamiento situado de nuestra circunstancia. Lo que en ese entonces sencillamente queríamos decir al decir “posnacional”, era que la forma del Estado actual no era nacional y que su forma actual era la que venía cronológicamente después de la forma nacional del Estado. Cualquier palabra que aclarara que no había vuelto el Estado-nación y que no había que llorar su extinción sino situarnos en la nueva circunstancia, servía. En las próximas líneas me esclarezco el porqué.
Enriquecer el mote para convertirlo en una noción y tal vez en un concepto articulado con otros ha sido en gran parte la tarea de reflexión de las reuniones que en este libro reúno y reescribo. Señalaremos algunas características de este Estado y las articularemos a lo largo del texto. Aquí busco subrayar el carácter estratégico del término posnacional cuando la estrategia es realzar el presente, ver sus aberturas o posibles y sortear las técnicas estatales contemporáneas de cierre o contención de lo abierto.
Es, aún así, claramente un término de los que llaman concepto primitivo. Todavía bastante abierto, bastante indeterminado, que se va determinando a medida que va resultando útil para describir procesos en curso, es decir, a medida que también el Estado actual se va determinando va inventando los procedimientos necesarios para ser Estado en la sociedad contemporánea (o sea, no-nacional, con una economía posindustrial).
A fines de los ’70, “se empieza a entrever la época postindustrial, la revolución microelectrónica, el principio de la red, la proliferación de los agentes de comunicación horizontal, y, por tanto […], la crisis de los Estados Nación”.[1]
Por supuesto, que sea posindustrial una sociedad o posnacional un Estado no significa ni que deje de haber nación ni que deje de haber industria o producción en general pero sí que todas estas cosas se dan y producen de una manera diferente.[2]
Con el neoliberalismo, “el capitalismo se ha transformado en un sistema de automatismos técnico-económicos del que la política no es capaz de sustraerse.”
Ahora bien, en los años kirchneristas la política se ha mostrado bastante capaz de sustraerse a esos automatismos. Esto no significa –ni siquiera para los kirchneristas– que el Estado actual se haya independizado del capital; solo significa que no es su marioneta. Significa que el posneoliberalismo no guarda con el capital las relaciones carnales que guardaba el neoliberalismo. Esta autonomización relativa del Estado (como mostraremos) es un efecto de 2001. No es un regreso a los tiempos nacionales.
Nos parece estratégico entonces usar “posnacional”, puesto que, si el Estado nacional ha vuelto, la normativa neoliberal y la globalización, por ejemplo, no continúan en el presente.
Los hechos demuestran que sí continúan. Así por ejemplo continúan las leyes que permiten el uso de semillas transgénicas y los agrotóxicos que requieren y cuya exportación aporta las ingentes sumas que contribuyen a los superávit gemelos, pata fundamental de “el modelo” kirchnerista; lo mismo vale para la minería. Asimismo vale para la telefonía celular, la hogareña e internet, rubros también importantes en lo económico pero fundamentales para la subjetividad consumidora y su vida cotidiana.
Pero la cuestión no termina ahí sino que apenas empieza, y continúa por las cuestiones políticas, pues, si volvió el Estado-nación, entonces vuelve la lucha por la toma del poder y la lógica del enfrentamiento, esto es, vuelve la centralidad social, política y cultural del Estado, lo cual desmienten tanto las dinámicas culturales como las políticas. Desarrollamos estas dinámicas en la reunión, pero por lo pronto diremos que los movimientos sociales de estos años se han mostrado más implicados, no en una dinámica clásica schmittiana –y también peronista y también guevarista– de amigo/enemigo como eje de su política sino en una dinámica que yo caracterizaría como de amigo/indiferentes, una dinámica en la que hay politización cuando la indiferencia social general en que vivimos los consumidores troca en cooperación alrededor de un problema común y crea un espacio común, un espacio público no-estatal. Esta creación puede partir de una lucha-contra, pero no depende esencial o lógicamente de la enemistad y el antagonismo. En el campo de lo político, entonces, el poder del Estado no tiene centralidad.
Desde el punto de vista cultural, vemos que las campañas publicitarias, las historias mediáticas, las redes virtuales y demás tienen al menos tanto (en general, más) poder de formación de subjetividad como tiene el Estado a través de sus aparatos. Por lo demás, si el poder del Estado fuera central, el gobierno no se sentiría destituible como evidencia cada vez que denuncia que un opositor es destituyente. Incluso, hay unos singulares agentes del Estado actual llaman “tiempos a-estatales” a los actuales, en tanto y en cuanto el Estado ha perdido la centralidad propia del Estado-nación pues han “disminuido las capacidades estatales para incidir en la construcción subjetiva de sus funcionarios y agentes [y de] los ciudadanos en general.”[3]
Si hubiera vuelto el Estado-nación, la lucha política se hubiera vuelto binaria y giraría alrededor de un eje. Todas las prácticas que acabo de mencionar muestran que no hay tal eje.[4]
Pero lo más importante, lo que le da carácter más estratégico a “posnacional” no pasa tanto por los hechos que desmienten ese cliché publicitario oficialista sino por los aprendizajes que el cliché impide, o mejor dicho, por las potencias que el cliché invisibiliza, pues, si volvió el Estado-nación, si estamos retomando la historia por el punto en que la interceptaron la Dictadura y el neoliberalismo, entonces estamos retomando la senda abandonada en el ’76 y no aprendimos nada entre el ’76 y el 2003, no desarrollamos ninguna capacidad en esos años. La experiencia que va de las Madres de Plaza de Mayo a las asambleas de 2001 y los movimientos colectivos autónomos de 2011, la experiencia infrapolítica o ‘dosmilunera’, la experiencia de lo político no-representable, queda anulada, cancelada y deja de ser capitalizable por la esfera de lo político, por los colectivos autónomos existentes o por venir. “Posnacional” contribuye a hacer la experiencia de una autonomía política distinta a la de tiempos nacionales, así como a calibrar sus efectos y sentir su potencia.
Cancelar la experiencia infrapolítica significa cancelar la capitalización de la potencia de que podemos pensar lo común a distancia del Estado. A distancia: esto es, no fuera del Estado sino entremezclada con él, pero no confundida ni centrada en él, no pivotando a su alrededor como si fuera el eje de todo, tomándolo como instrumento de la construcción, un instrumento demasiado poderoso para evitarlo pero no como fundamento de la subjetividad, negociando con él desconfiando de él.
La publicidad de que volvió el Estado-nación (o de que está volviendo progresivamente, paso a paso, obstáculo a obstáculo) pretende que cancela los daños provocados por Dictadura y neoliberalismo y cancela así, también, el aprendizaje de lo que podemos hacer cuando Dictadura y neoliberalismo han ocurrido y han dejado ya un efecto irreversible en la sociedad y en nosotros. La gran creación kirchnerista es la de incorporar al arreglo estatal los elementos más visibles del aprendizaje infrapolítico (por ejemplo, el reconocimiento del derecho de los trabajadores de una empresa quebrada a autogestionarla si se organizan como cooperativa o la adopción de una política de derechos humanos como política de Estado) con la imagen de que son restauración de lo estatal–nacional, la imagen de que son una una vuelta al punto del camino en el que Dictadura y neoliberalismo nos hicieron perder el camino, los compañeros, los sueños, etc. Se los incorpora porque no son cancelables pero se los incorpora como si fueran miembros del cuerpo desaparecido por Dictadura y neoliberalismo. Si volvió el Estado-nación, entonces no llegó la infrapolítica después de que el Estado-nación se fue. Si volvió el Estado-nación se anula la potencia de lo político y se anula también la impotencia de la política institucional, a la vez que se le devuelve o se le genera poder. Un poder estatal que la mayoría hoy celebra y que es la transformación, el reencauzamiento de la energía infrapolítica que explotó en 2001.
En breve, es estratégico desmentir que volvió el Estado-nación porque, si volvió, se cierra lo abierto, se reducen los posibles, lo político no existe y los nosotros no podemos politizar ningún problema común.
En otras palabras, la publicitación del Estado contemporáneo como poderoso tiene como condición la publicitación de la experiencia infrapolítica como impotente. Por esto el kirchnerismo presenta, tanto como los medios, una imagen descafeinada de 2001, inocua, rutilante (el espectáculo-catástrofe tiene siempre muy buen rating, pero no produce sino víctimas y espectadores: impotencia). La publicidad kirchnerista y las cataratas mediáticas nos ponen, retroactivamente, como expectando que volviera un Estado fuerte y protector que evitara catástrofes neoliberales y terrores dictatoriales, que en la práctica nos deja complacidos con el eclipse de la autonomía dosmilunera.
¿Quiere todo esto decir que debemos añorar 2001 para zafar de la estética catastrofista kirchnerista-mediática? ¿Quiere todo esto decir que 2001 debe repetirse? Nada de eso. 2001 no volverá. Si decimos que el fantasma de 2001 merodea o que se inmiscuye en las hendijas del armado ordenador posnacional, es porque aún no tenemos otro nombre para eso, es porque nuestra imaginación no acierta a ir más allá de lo que la imaginalización mediática y oficial performan. Ocurre que solamente la exploración colectiva de las aberturas, y el hallazgo de las potencias que en esos espacios tenemos, potencian la imaginación de los colectivos autónomos. En otras palabras, la consigna no es 'luche y vuelve'; la consigna es ‘abramos e imaginemos'.

[1] F. Berardi, Generación post-alfaPatologías e imaginarios en el semiocapitalismo, Tinta Limón, Buenos Aires, 2007, p. 35.

[2] Parte de las tareas que tenemos por delante es pensar cómo es una nación o una industria que no se articulan de modo estatal-nacional con el resto de los elementos sociales: una industria que no produce la subjetividad “productor”, arquetípica de la nación, ínsita en la subjetividad “ciudadano”.
[3] S. Abad y M. Cantarelli, Habitar el Estado. Pensamiento estatal en tiempos a-estatales, Buenos Aires, Hydra, 2010, p. 19.
[4] Es cierto que el flujo de opinión kirchnerista y antikirchnerista se empeñan en hacer aparecer un eje, pero, como veremos, esa es una imagen que sobreimprimen a una realidad mucho más rica y potente.

Gobernar tras 2001 (el kirchnerismo como equilibrismo osado)


Podemos recapitular sumariamente el argumento que hilvana la conversación y destilarlo. El Estado, en 2003, ya no podía seguir siendo Estado como hasta entonces. El régimen político kirchnerista es la continuación del Estado por otros medios.
El régimen kirchnerista hace experiencia de las dificultades de gobernabilidad posteriores a 1983, y en esto basa su eficacia. En general, esas dificultades venían acumulándose: debilidad secular de las instituciones republicanas, transnacionalización de la economía, mutaciones sociales y económicas, sectores sociales no representables en la cima y en la base social (capital transnacional, consumidores, excluidos) que dificultaban la representación, etc. En singular, la dificultad era más reciente y punzante: la emergencia de sujetos infrapolíticos que impugnaban e iban más allá de la representación.
El Estado, en 2003, ya no podía seguir siendo Estado como hasta entonces. El proceso social objetivo que dificultaba la gobernabilidad había comenzado un cuarto de siglo antes y había conducido a la corrupción de la forma nacional del Estado. La síntesis político-subjetiva llamada2001 era más palpable y obstaculizante y había dado –vía impugnación y vía afirmación– el tiro final a la representación –es decir, al principio estructurante del Estado-nación, de la sociedad nacional y de la liga entre ellos. Así, entonces, 2003 se dibujaba, desde el punto de vista estatal, como un atolladero urgente. El régimen kirchnerista, con la representación, el ajuste y la represión interdictos, reaccionó enérgica y creativamente a la encrucijada que se le planteaba.
Esa encrucijada tenía la forma de una trifurcación de exigencias sine qua non: a) asegurar condiciones favorables al capital transnacional; b) asegurar su medio de vida a la clase política; c) asegurar la gobernabilidad de los sectores no representables subalternos (tanto los consumidores como los colectivos infrapolíticos).
Kirchner, como artesanal equilibrista, satisfizo las tres exigencias vigorizando el aparato del Estado, logrando que se sobrepusiera a la furiosa impugnación y autonomía dosmilunera. Pero no devolviéndole su forma nacional, sino adecuándolo a las nuevas condiciones sociales y políticas y a sus exiguos recursos gubernamentales (ya fuera por deficiencia secular o por desguace neoliberal).
El círculo virtuoso de los años kirchneristas consiste en que el Estado asume un desempeño tal que satisface las tres exigencias (respectiva y esquemáticamente: a) rentabilidad productivo-exportadora, b) recaudación fiscal y c) redistribución gestionada ad hoc + performación y satisfacción imaginales de demandas) y las tres satisfacciones fortalecen el Estado (respectiva y esquemáticamente: a) superávit, b) cohecho y c) votos + opinión favorable). Y así, por lo tanto, se reinventa su conexión con la sociedad y su capacidad de gobernarla.
Esta conexión, esta gobernabilidad, sin embargo, no tienen ya la forma de liga orgánica, representacional, entre la sociedad y el Estado nacionales. Dadas la menguada fuerza homogeneizadora del Estado, la creciente fuerza heterogeneizadora del mercado y la productividad subjetiva de los movimientos colectivos, incluida la necesidad –bien propia de la dinámica social contemporánea– de actuar rápidamente, esa conexión y esa gobernabilidad se realizan por la vía de la gestión ad hoc. La gestión ad hoc es un procedimiento estatal contingente, artesanal, ágil y eficaz adecuado a las condiciones sociales contemporáneas y las condiciones estatales argentinas, pero, así como se adecua a ellas, así también las perpetúa, tornándose a sí misma más necesaria, más febril, más costosa, más puntual y más provisional –y, tal vez, más precaria. Por lo pronto, sin embargo, acierta a preservar el equilibrio entre las tres exigencias con que Néstor se encontró en 2003.
Este equilibrio, sin embargo, no es armonioso sino tenso, y –como del fuego cruzado solo se sale a los tiros– esta tensión ha exigido ese estilo confrontativo tan característico del kirchnerismo que apasiona a sus seguidores y enerva a sus detractores. Las tensiones han sido, respectiva y esquemáticamente: a) contradicción entre la satisfacción a la exigencia del capital y la satisfacción a las demandas de los nosotros (los conflictos por el permiso o prohibición de la megaminería constituyen el ejemplo más claro); b) contradicción entre la satisfacción de las necesidades de la clase política y de reproducción del aparato del Estado por un lado y por otro las de ganancia del gran capital (los conflictos con el multimedios Clarín y el “del campo” son el ejemplo más claro); c) contradicción entre la satisfacción gestionaria e imaginal a los no representables y las fracciones no-kirchneristas de la clase política (cualquiera de los conflictos políticos que reportan los medios es un ejemplo claro). Estas tres confrontaciones, no del todo explícitas pero casi siempre sobreactuadas (imaginalizadas), explican el “progresismo” de la restauración kirchnerista del poder del Estado.
He intentado ser esquemático, pero quedó complicadito el esquema… Toda esta complejidad (que es apenas una pizca de la complejidad efectiva del régimen político actual) es publicitada por el régimen de manera binarizada (según la ocasión: Estado contra mercado, pueblo contra corporaciones, sueños setentistas contra tándem dictatorial-neoliberal, etc.). Que esa dicotomización reduzca la complejidad social e impida comprenderla es lo menos grave; si hace estragos, consisten en que desvían la potencia de los nosotros de su situación a un eje que es el del Estado. El eje, para el campo de lo político, no pasa por kirchnerismo-antikirchnerismo, Estado-mercado (o cualquiera de sus variantes), sino por la divisoria entre elección de opciones probables y exploración de posibles infinitos.
La binarización no es muy fiel a la realidad pero eso no importa cuando de gobernabilidad se trata. Su eficacia en lo que a gobernabilidad respecta reside en convocar pasiones políticas estatales (léase desviar la energía de la potencia infrapolítica al poder de la política) y en invisibilizar lo tercero infinito (léase empantanar a los colectivos infrapolíticos y organizar el olvido de su potencia). Sea por esa convocatoria o por esta invisibilización o por ambas, el régimen político actual logra contener las aberturas que 2001 abrió y continúan abriendo su presencia continuada y la fluidez social, así como impedir el desborde. Logra eso, pero no, clausurar las aberturas.

martes, 23 de agosto de 2011

Mi abstract rechazado por la academia


Parece que ahora en la academia el kirchnerismo es políticamente correcto, y pensar, no. Decía el mail: «El abstract por Ud. presentado no ha sido aceptado por el Comité Científico del “IV Encuentro Internacional de Trabajo Social de la Universidad de Buenos Aires Políticas Públicas y Trabajo Social. Aportes para la reconstrucción de lo Público”»; pregunté los motivos, pero la “ciencia” del Trabajo Social se quedó sin respuestas… (Clarín tampoco planea publicarlo...) Aquí va el abstract de la ponencia que me rechazaron.

Hacia la noción de Estado posnacional

El caso argentino (2001-2011)

Eje temático: Reconfiguración del Estado en Latinoamérica
Problema: El gobierno “popular” argentino como apuntalamiento de la dominación capitalista globalizada.
Se habla de “vuelta del Estado”. Sin duda, hay más Estado hoy en América Latina que en los ’90, pero es dudosísimo que este Estado “ampliado” sea la restauración del Estado-nación.
La noción de Estado posnacional es una herramienta en construcción. Busca reconocer y dar cuenta de un cambio sustancial de nuestros tiempos: del capitalismo industrial al posindustrial y de la sociedad y la cultura sólidas a las fluidas. En esta exposición resumiremos el trabajo que venimos desarrollando para pensar los gobiernos kirchneristas como instalación de un régimen posnacional de gobierno. El kirchnerismo logra actuar en al menos tres esferas: la coyuntural, la estatal y la de la dominación. Logra mantener y reforzar la gobernabilidad, el aparato estatal y la dominación social.
Al hablar del kirchnerismo, debemos recordar que es un gobierno que nace condicionado por un hito en la historia argentina, que es diciembre de 2001. 2001 significaba un condicionamiento a cualquier gobierno que viniera, un condicionamiento que Duhalde no pudo resolver: imposibilidad de reprimir (porque, gobierno que reprime, gobierno que cae), imposibilidad de hacer ajustes e imposibilidad de representar. Así, pues, los Kirchner debieron prescindir de los tres recursos básicos de la democracia posdictatorial y generar procedimientos nuevos de obtención de consenso (a veces vía chamullo, a veces vía caja, a veces vía medios, nunca vía represión directa o disciplinamiento por exclusión) y convertirse en un gobierno muy complejo y contradictorio. Por ejemplo, abrir juicios a represores de la Dictadura y a la vez no desmontar los aparatos represivos que pueden hacer desaparecer a Julio López o matar a Fuentealba, a Mariano Ferreyra o a cualquier pibe en cualquier comisaría; permitir la extranjerización de la economía y a la vez quitar concesiones a privatizadas; etc..
Para aportar a la construcción de la noción de Estado posnacional, así como para mostrar su productividad, recorreremos algunos rasgos de los gobiernos kirchneristas teniendo en cuenta esta madeja de tensiones y de condicionamientos, así como la forma en que actúan en las tres esferas mencionadas –la gobernabilidad, el aparato estatal y la dominación social.
Valga este abstract como adelanto del libro de historia argentina que estoy terminando. Este martes mando algo más -y vendrán otros. Podés ir siguiéndolos en mi facebook.

viernes, 12 de agosto de 2011

Prólogo

por Sebastián Scolnik y Diego Sztulwark
Hacía falta (al menos) un texto laico (y no periodístico) sobre esta década política argentina. La mistificación que surge de la guerra entre adherentes y oponentes se completa con el tratamiento mediático de todo acontecimiento. Contrarrestar esta dinámica implica y supone, como gesto mayor, hacer una justicia al 2001 como algo que fue, que hemos pensado, y que sigue siendo de un modo que tenemos que seguir pensando.
El valor de este libro radica en la decisión de leer la última década de política argentina a partir de tres desplazamientos necesarios. Una atrevida comprensión del kirchnerismo por fuera de toda reducción al binarismo ambiente. Una exigencia de resituar el discurso de los protagonistas centrales de este tiempo a la luz de las nuevas condiciones, es decir, del 2001. Y un reposicionamiento: el del historiador como sistema de percepciones a la altura de una diferencia que agrieta el presente sin que nos sea siempre fácil aprehenderla.
I.
La filosofía de la diferencia ha encontrado en Nietzsche un razonamiento decisivo: la existencia de una diferencia de naturaleza entre un orden conservador afincado en la representación –según el cual se da el curso de los hechos–, y un desorden genial que sólo coincide con un momento de la historia sin confundirse con ella. No se trata sólo de separar lo ordinario de lo extraordinario, o de repetir una vez más aquello que ya vienen diciendo las doctrinas de la excepción respecto de la relación paradojal entre vigencia y suspensión de la ley, sino de apuntar claro al principio constituyente en la política.
En el corazón de esta distinción encontramos a las formas medias (la historia como oposición entre las formas pre-constituidas) y a las formas extremas (creadoras de nuevos valores). Entrenarnos en esta diferencia puede permitir captar los momentos en que estas formas medias monopolizan el discurso de los valores estirándose hasta el infinito y cuando, por el contrario, las formas extremas suspenden ese prolongarse activando su labor creativa.
Partimos sí de una necesidad existencial de elucidar nuestro presente político inmediato, pero también de una necesidad no menos vívida de que dicha comprensión esté a la altura de una desconfianza –a veces pública, otras íntima–, o más bien de un abierto rechazo, respecto de aquello que en estos tiempos se presenta como restitución de los envejecidos valores de siempre.
El síntoma mayor de este estado de cosas en la enunciación política reciente se da en torno a la devaluación casi unánime de toda idea de lo neutro (como actitud sustractiva que promueve un vaciamiento de los valores dominantes, distribuidos en alternativas bien delimitadas) bajo sospecha de ser neutral (que en el lenguaje actual denota sobradamente una actitud de des-responsabilización, apatía, despolitización, insolidaridad e individualismo).
En efecto, no hay neutro posible bajo la apabullante eficacia de los grandes medios de comunicación que han tomado a su cargo la tarea de estabilizar el “ser social” a partir de un conocido sistema de percepciones de los valores de la vida colectiva. Su labor es la de convertir hábitos y lenguajes populares en consignas tan planas como los artefactos de consumo a los que se ligan indisolublemente. Su régimen de verdad surge de una auto-atribución de rasgos de objetividad provisto por la posesión de los medios de comunicación como capital y de su labor en la producción de verdad como modelo del sentido común.
Pero tampoco lo hay en el gesto noble del militante que le responde a esta maquinaria declarando que, al contrario, sólo la parcialidad subjetiva constituye índice de verdad situada y última. Este tratamiento del sentido de lo colectivo, sea en la denuncia de los poderes que combate o bien en la promoción de otra imagen de la actividad social, ha sabido proliferar en los últimos años en el suelo de lo mediático asumiendo para sí muchas veces procedimientos que provienen de ese mundo al que se enfrenta.
En una guerra así declarada, queda dicho, no hay espacio alguno para la neutralidad, ni lo pretendemos. Entre el irrespirable veneno del rechazo visceral que desmiente una y otra vez esa supuesta objetividad desde la que “los medios” hablan y la posición que santifica y exculpa a quienes se animan a enfrentar algunas de esas posiciones de poder, existen diferencias tan claras que la duda no encuentra suelo donde arraigar.
Pero esta toma indudable de partido no nos entusiasma al punto de volvernos indiferentes ante el bloqueo del proceso vital de lo neutro. ¿Cómo no sacar las cuentas del hecho de que toda toma de partido será tan necesaria como insuficiente si, como correlato directo de su acción se alimenta la confianza, paradojalmente compartida por todos los oponentes, en el juicio de valor respecto de lo existente como manifestación última de nuestro deber ser político?
Es esta confianza igualmente repartida en lo consolidado (que emana tanto de la narración fundada en la posesión del capital, como la que presupone un sentido derivado del mito y de la tradición) lo que abruma en este tiempo político.
II.
Desearíamos apropiarnos de este estado de sospecha generalizado para volverlo señal y convocatoria de un nuevo tipo de ensayismo.[1] Una escritura capaz de retomar la potencia de la forma extrema que esperamos de un auténtico laicismo político.
Si los poderes han reclamado para sí la fuerza de lo imaginario (esta es una de las tesis centrales de las que habla este libro: la potencia imaginal como sustancia clave de un gobierno post-representacional), la posibilidad misma de una política del nosotros necesita reelaborar este nivel imaginario desde el gesto profano. O, mejor, para situarnos directamente en las preguntas que nos son afines con el texto que prologamos: si el año 2001 marca, en el calendario político reciente, la fuerza completamente afirmativa de la crisis como poder destituyente, el año 2008 signa la completa inversión de lo destituyente como poder negativo de la crisis a conjurar.
¿Cómo pensar el significado de esa vuelta completa de este término? Consideremos dos tipos de respuestas ateas a esa pregunta. La primera, la del historiador –que este libro pone a prueba– aspira a comprender el movimiento de la diferencia (Dice Pablo Hupert: “Kirchner, sin dejar de temer el poder del gran capital trasnacional, temía el poder de veto popular”). La segunda, la de la investigación militante –relevada en el texto, por el momento más postergada – trabaja para producirla a partir de la labor de las resistencias del presente (que “desbordan” la declinación reactiva de lo destituyente). Este desplazamiento no deja de constituir un signo del curso de los hechos. Es la historia quien toma la delantera en la puesta entre paréntesis del sentido (este neutro no-neutral), interrumpiendo los clichés discursivos y proponiendo procedimientos de comprensión que –esto no se podrá resolver por sí sólo– invocan afinidades más amplias con la praxis.
Retomando: si el 2001 es el nombre de la fundación más extrema de una política del nosotros (infrapolítica[2] o perspectiva post-estatal para los asuntos colectivos), inaugurada bajo el lema “que se vayan todos”, el 2008 nos habla de un tiempo bien distinto, en el que la potencia colectiva ­–como deseo de reformas democráticas– se ha identificado sin inocencia con los momentos de osadía, pero sobre todo con los de fragilidad de ese proceso de recreación del Estado y de las aptitudes de un nuevo estilo de gobierno. Su efecto más tangible es la conversión de una infrapolítica del nosotros en una micro-política cada vez más interior al constructo kirchnerista.
III.
La ambivalencia del kirchnerismo se consuma con la extensión de estas dos caras: forma de gobierno de tanto como forma de comunicación con una micro-política cada vez más interiorizada bajo la exigencia nunca del todo asegurada de la gobernabilidad. Cabe a este original compuesto el mérito de haber propuesto una discusión de inusual intensidad sobre la vigencia de nuestras ideas políticas a partir de la confrontación incesante con la pregunta: ¿cómo pensar a Kirchner? Por sí sola esta pregunta parece reunir todas las cuestiones candentes del momento. No sólo por lo que la respuesta pueda suponer, sino también por el desplazamiento que esta pregunta supone con respecto a aquella otra: ¿cómo pensar el 2001? La dramaticidad de este modo kirchnerista de preguntar se acentúa en la honestidad afectiva que motiva a muchos de sus más sensibles comunicadores a creer que lo que de valor se ha producido “desde abajo” durante la crisis, se retoma y se pone en juego ahora “por arriba” a partir del sentido último que demos a la figura del ex presidente. La dificultad de discutir con este tipo de posiciones concierne sobre todo a la pregnancia afectiva que destila y a las connotaciones emotivas del modo en que historiza el tiempo político: el pasado de las heridas de las izquierdas y del peronismo, el presente como reparación, el futuro como dinámica reformista en homenaje perenne a la revolución imposible.
¿Quién se negaría siquiera a pertenecer de pleno derecho a este tiempo político? Pero el trabajo del historiador, con esa atención a la labor de la diferencia (el 2001 como forma extrema de la política del “nosotros”), un tipo de atención desacompasada de las pasiones del presente, se ve obligado a preguntar de otro modo: ¿son útiles estas representaciones al proceso que vivimos, al trabajo real que la diferencia actualiza sobre todos nosotros?
Este libro altera las condiciones del preguntar y bajo la forma de un diálogo profesoral ametralla con enunciados que remiten lo real del kirchnerismo a una enorme capacidad de aprendizaje político: “logró encontrar la manera a través de la cual condicionar desde el Estado el condicionamiento que éste recibía desde el mercado”; comprendió que el valor del Estado era el de la gestión (de la contingencia, de lo fragmentario y de la materialidad de las vidas) antes que el de la representación, lo cual le suministró las claves necesarias para presentar una relación nueva y activa con las micropolíticas, otorgándoles una referencia macropolítica; aprovechó el valor imaginal para organizar la complejidad social (“¿cómo una madeja social compleja es llevada, vía imaginalización, a una confrontación binaria?”); expandió al Estado lo “suficiente como para que casi cualquier proyecto tenga que (y hasta le convenga) pasar por él”; desarrolló una interfaz, “eso que compatibiliza elementos sin homogeneizarlos”, que “traduce pero no reduce a una abstracción común”, desde la cual “conectar no es vincular”.
En todo caso, el kirchnerismo ha renovado el poder del historicismo. Cuenta en décadas lo que supone concerniente a un tiempo cíclico: diez años de 2001; una catástrofe y una década: década dominada por el kirchnerismo. Este tipo de fraseo rápido es consustancial al “retorno de la política y del conflicto” tal y como el propio kirchnerismo se lo representa. Lo subrayable de este tipo de relato es el doble efecto que le es intrínseco. Al secuenciar así el proceso logra disipar la potencia del no poder (destituyente-creativo) del acontecimiento y, al presentarlo como un tiempo que va del caos al gobierno (del estado de naturaleza al de la justicia política), retoma para sí mismo esa potencia otorgándose un vigor político que atribuye según las circunstancias a la procedencia setentista, peronista o propiamente kirchnerista.
IV.
En un nivel más próximo aún, el kirchnerismo presenta un argumento consistente en su favor. Lo que podemos llamar su plasticidad, su inorganicidad, su permeabilidad, su alto grado de improvisación, su capacidad de mutar y, en fin, los rasgos de un estado de permanente inacabamiento. Y esto es así al punto que su fuerza proviene de esta fluidez, de esta capacidad de receptar lo otro, de interiorizar lo exterior. El kirchnerismo capitaliza como fuerza su propia vulnerabilidad y –se ha señalado repetidamente– extrae su máxima lucidez de sus reacciones agónicas.
¿Cómo se sustrae el historiador del presente de estas voces seductoras que tan poderosa atracción ejercen sobre el pensamiento militante, constructivo? (Lo leemos: “se conforma una inseguridad acerca de la capacidad del Estado actual de ligarse de forma estable y perenne con la sociedad”; “asegurar la ligazón es asegurar la gobernabilidad”). No diremos que se trate de asepsia científica. Si el texto logra meterse con éxito con estos y otros asuntos peliagudos no lo hace en virtud de abstenerse del “barro de la historia”. Pero sí de eludir con suma elegancia aquellas consideraciones que a nosotros nos llenan de dudas, de demoras y de confusión. Resta considerar hasta qué punto eludir, aquí, no es simple evitación sino procedimiento de selección. Hupert escribe (aunque el género sea el de transcripción de sus cursos de historia, escribe) en base a una envidiable economía de desarraigo de problemas mal planteados, de esos en los que solemos quedar atrapados.
El principal de ellos consiste en examinar la racionalidad de los actores a la luz de sus respectivos conatus, y no de la mera validez formal de sus argumentos autonomizados del drama que encarnan. Así, tenemos básicamente, las siguientes dinámicas en juego: el 2001 (política del “nosotros” según la cual nos ocupamos de tratar problemas que no son “naturalmente estatales”); el Estado (cuyo principal objetivo es gobernar en circunstancias variables); el kirchnerismo (que “vino a asumir la difícil tarea de hacer viable un Estado donde los movimientos sociales no pedían representación”); la dimensión (o suelo) post-representacional (imaginal, esto es: régimen de imágenes, no ya de representaciones) o el “proceso de territorialización” (post-estatal, mercantil, que retrotrae a las cajas PAN del gobierno de Alfonsín).
¿Y cómo argumenta el historiador la post-estatalidad[3] ante la llamada “vuelta” del Estado? Se trata de “una correlación entre: emergencia de la infrapolítica, capitalismo post-industrial, desarrollo de una sociedad no representable, territorialización de la dominación social y la gobernabilidad, crisis de las instituciones representativas, desligazón entre Estado y sociedad, segmentación y trastocamiento del sistema político, demanda incesante, proliferante y rampante, desnacionalización del Estado argentino”. El Estado que brota de esta coalescencia concentra flujos (los hace pasar, los aprovecha), pero ya no los centraliza (no organiza a priori lo social), y el individuo que participa de esta configuración es menos el consumidor del neoliberalismo y más el consumidor subsidiado del llamado post-neoliberalismo.
La historia que aquí se cuenta es, al fin y al cabo, comprensible: el gobierno neoliberal prescindía de los gobernados, confiando en el mercado. El 2001 es la elaboración en términos infrapolíticos del nosotros. El kirchnerismo es la vuelta del Estado (en la modalidad del capitalismo “axiomático”), que muta para volver y vuelve menos como representación y más como conexión término a término respecto de aquello que Laclau llamaría “las demandas”.
V.
Si vamos a creer en el mundo necesitamos, pues, de un nuevo régimen de experiencias y de creencias. De esta necesidad partimos cuando festejamos y proponemos de modo urgente una escritura profana sobre ese nudo difícil de afectos y significaciones que dio en llamarse kirchnerismo, forma penúltima de narración de la última década de la política argentina. Sed de textos cuya riqueza provenga de ofrecernos nuevas posibilidades de acción antes que de una renovación de las fuentes habituales de trascendencia de los discursos que han capturado la reflexión y la lengua de lo político, sean estos discursos los libros atravesados por una idea del mito que otorga excesiva unidad espiritual a lo que necesitamos pensar en su diferencia material, o sean aquellos en que lo que se actualiza es cierta tradición (liberal, nacional, revolucionaria). Lo que hoy precisamos comprender es el modo en que se reanuda lo discontinuo (esa “verdadera” tradición que Benjamin atribuía al historiador materialista), y que nos lleva a pensar de otro modo la relación con el 2001 como la tradición del desborde que, una y otra vez, tiende a colocarnos a “nosotros” como condición de posibilidad de lo político.
Sebastián Scolnik y Diego Sztulwark
PDD, 31 julio 2011


[1] A este respecto vale la pena señalar la coincidencia de este libro con Habitar el estado (Ed. Hydra; Bs-As, 2010), de Abad y Cantarelli que, con otra orientación y escritura, asume en la historiografía y, más particularmente, en la estela de conceptos del historiador argentino Ignacio Lewkowicz una fertilidad común.
[2] Tomamos el término infrapolítica de James Scott (“Los dominados y el arte de la resistencia”). Scott lo utiliza para describir modos menos evidentes de las resistencias al poder. Nosotros lo deformamos un poco, y lo ponemos a trabajar en juego con el concepto de micro-política. Infra-política, proponemos, es el trabajo de la política capaz de elaborar sentidos colectivos poniendo entre paréntesis (lo que no quiere decir nunca negar, tachar o ignorar, sino en todo caso reconsiderar desde una relativa potencia autónoma) el código que organiza el sentido desde la política macro.
[3] La post-estatalidad no es una noción sencilla. Para Ignacio Lewkowicz, en la post-estatalidad, el Estado es un “término importante de las situaciones, pero no es la condición fundamental del pensamiento” (Pensar sin Estado). Por su parte, Paolo Virno llama “instituciones post-estatales” a las formas políticas que emergen del agotamiento de la soberanía (Ambivalencia de la multitud).