miércoles, 24 de agosto de 2011
¿Por qué posnacional?
Los amigos me preguntan por qué digo que los gobiernos de los Kirchner han contribuido a formar un Estado posnacional.
“Posnacional” no habla de ‘una época posterior a la desaparición de la nación’, sino de una en que la nación adquiere una forma distinta a la que había adquirido con el Estado-nación (compuesta de públicos o gente, y no de clases o pueblo; formada por consumidores y no por ciudadanos; dependiente más del espectáculo que de su historia; más impulsiva-sentimental que épica-patriótica; más identificada con sus celebridades que con sus próceres; más multicultural que “crisol de razas”, etc.). En realidad, cómo es una nación posterior a la estatal-nacional es algo que se nos va aclarando a medida que se va desplegando y la vamos leyendo, del mismo modo que se nos aclara cómo es un Estado posnacional a medida que se va creando y lo vamos leyendo. Vayan unas líneas sobre el carácter estratégico de la noción de Estado posnacional.
“Posnacional” no es un concepto, una categoría que sea parte de un sistema de pensamiento estricto y coherente. No es el engranaje de una maquinaria de teoría política. Es más bien una expresión que resultó cómoda para ir reuniendo y distinguiendo todos esos rasgos, prácticas, características, acciones que se vienen desarrollando sobre todo en el ámbito estatal desde el 2003 a esta parte y que no condicen con las características clásicas de un Estado nacional.
Cuando, antes de las reuniones que motivaron este libro, comencé con las notas sobre el Estado actual, el adjetivo resultaba operativo: primero, para evitar caer en creer, de un lado, la publicidad oficial de que el Estado-nación volvía y, del otro, la opinión opositora de la posibilidad y conveniencia de restaurar una institucionalidad republicana; y, segundo, para evitar arrastrar significaciones de otras teorías políticas o de la opinión periodística que estorbaban el pensamiento situado de nuestra circunstancia. Lo que en ese entonces sencillamente queríamos decir al decir “posnacional”, era que la forma del Estado actual no era nacional y que su forma actual era la que venía cronológicamente después de la forma nacional del Estado. Cualquier palabra que aclarara que no había vuelto el Estado-nación y que no había que llorar su extinción sino situarnos en la nueva circunstancia, servía. En las próximas líneas me esclarezco el porqué.
Enriquecer el mote para convertirlo en una noción y tal vez en un concepto articulado con otros ha sido en gran parte la tarea de reflexión de las reuniones que en este libro reúno y reescribo. Señalaremos algunas características de este Estado y las articularemos a lo largo del texto. Aquí busco subrayar el carácter estratégico del término posnacional cuando la estrategia es realzar el presente, ver sus aberturas o posibles y sortear las técnicas estatales contemporáneas de cierre o contención de lo abierto.
Es, aún así, claramente un término de los que llaman concepto primitivo. Todavía bastante abierto, bastante indeterminado, que se va determinando a medida que va resultando útil para describir procesos en curso, es decir, a medida que también el Estado actual se va determinando va inventando los procedimientos necesarios para ser Estado en la sociedad contemporánea (o sea, no-nacional, con una economía posindustrial).
A fines de los ’70, “se empieza a entrever la época postindustrial, la revolución microelectrónica, el principio de la red, la proliferación de los agentes de comunicación horizontal, y, por tanto […], la crisis de los Estados Nación”.[1]
Por supuesto, que sea posindustrial una sociedad o posnacional un Estado no significa ni que deje de haber nación ni que deje de haber industria o producción en general pero sí que todas estas cosas se dan y producen de una manera diferente.[2]
Con el neoliberalismo, “el capitalismo se ha transformado en un sistema de automatismos técnico-económicos del que la política no es capaz de sustraerse.”
Ahora bien, en los años kirchneristas la política se ha mostrado bastante capaz de sustraerse a esos automatismos. Esto no significa –ni siquiera para los kirchneristas– que el Estado actual se haya independizado del capital; solo significa que no es su marioneta. Significa que el posneoliberalismo no guarda con el capital las relaciones carnales que guardaba el neoliberalismo. Esta autonomización relativa del Estado (como mostraremos) es un efecto de 2001. No es un regreso a los tiempos nacionales.
Nos parece estratégico entonces usar “posnacional”, puesto que, si el Estado nacional ha vuelto, la normativa neoliberal y la globalización, por ejemplo, no continúan en el presente.
Los hechos demuestran que sí continúan. Así por ejemplo continúan las leyes que permiten el uso de semillas transgénicas y los agrotóxicos que requieren y cuya exportación aporta las ingentes sumas que contribuyen a los superávit gemelos, pata fundamental de “el modelo” kirchnerista; lo mismo vale para la minería. Asimismo vale para la telefonía celular, la hogareña e internet, rubros también importantes en lo económico pero fundamentales para la subjetividad consumidora y su vida cotidiana.
Pero la cuestión no termina ahí sino que apenas empieza, y continúa por las cuestiones políticas, pues, si volvió el Estado-nación, entonces vuelve la lucha por la toma del poder y la lógica del enfrentamiento, esto es, vuelve la centralidad social, política y cultural del Estado, lo cual desmienten tanto las dinámicas culturales como las políticas. Desarrollamos estas dinámicas en la reunión, pero por lo pronto diremos que los movimientos sociales de estos años se han mostrado más implicados, no en una dinámica clásica schmittiana –y también peronista y también guevarista– de amigo/enemigo como eje de su política sino en una dinámica que yo caracterizaría como de amigo/indiferentes, una dinámica en la que hay politización cuando la indiferencia social general en que vivimos los consumidores troca en cooperación alrededor de un problema común y crea un espacio común, un espacio público no-estatal. Esta creación puede partir de una lucha-contra, pero no depende esencial o lógicamente de la enemistad y el antagonismo. En el campo de lo político, entonces, el poder del Estado no tiene centralidad.
Desde el punto de vista cultural, vemos que las campañas publicitarias, las historias mediáticas, las redes virtuales y demás tienen al menos tanto (en general, más) poder de formación de subjetividad como tiene el Estado a través de sus aparatos. Por lo demás, si el poder del Estado fuera central, el gobierno no se sentiría destituible como evidencia cada vez que denuncia que un opositor es destituyente. Incluso, hay unos singulares agentes del Estado actual llaman “tiempos a-estatales” a los actuales, en tanto y en cuanto el Estado ha perdido la centralidad propia del Estado-nación pues han “disminuido las capacidades estatales para incidir en la construcción subjetiva de sus funcionarios y agentes [y de] los ciudadanos en general.”[3]
Si hubiera vuelto el Estado-nación, la lucha política se hubiera vuelto binaria y giraría alrededor de un eje. Todas las prácticas que acabo de mencionar muestran que no hay tal eje.[4]
Pero lo más importante, lo que le da carácter más estratégico a “posnacional” no pasa tanto por los hechos que desmienten ese cliché publicitario oficialista sino por los aprendizajes que el cliché impide, o mejor dicho, por las potencias que el cliché invisibiliza, pues, si volvió el Estado-nación, si estamos retomando la historia por el punto en que la interceptaron la Dictadura y el neoliberalismo, entonces estamos retomando la senda abandonada en el ’76 y no aprendimos nada entre el ’76 y el 2003, no desarrollamos ninguna capacidad en esos años. La experiencia que va de las Madres de Plaza de Mayo a las asambleas de 2001 y los movimientos colectivos autónomos de 2011, la experiencia infrapolítica o ‘dosmilunera’, la experiencia de lo político no-representable, queda anulada, cancelada y deja de ser capitalizable por la esfera de lo político, por los colectivos autónomos existentes o por venir. “Posnacional” contribuye a hacer la experiencia de una autonomía política distinta a la de tiempos nacionales, así como a calibrar sus efectos y sentir su potencia.
Cancelar la experiencia infrapolítica significa cancelar la capitalización de la potencia de que podemos pensar lo común a distancia del Estado. A distancia: esto es, no fuera del Estado sino entremezclada con él, pero no confundida ni centrada en él, no pivotando a su alrededor como si fuera el eje de todo, tomándolo como instrumento de la construcción, un instrumento demasiado poderoso para evitarlo pero no como fundamento de la subjetividad, negociando con él desconfiando de él.
La publicidad de que volvió el Estado-nación (o de que está volviendo progresivamente, paso a paso, obstáculo a obstáculo) pretende que cancela los daños provocados por Dictadura y neoliberalismo y cancela así, también, el aprendizaje de lo que podemos hacer cuando Dictadura y neoliberalismo han ocurrido y han dejado ya un efecto irreversible en la sociedad y en nosotros. La gran creación kirchnerista es la de incorporar al arreglo estatal los elementos más visibles del aprendizaje infrapolítico (por ejemplo, el reconocimiento del derecho de los trabajadores de una empresa quebrada a autogestionarla si se organizan como cooperativa o la adopción de una política de derechos humanos como política de Estado) con la imagen de que son restauración de lo estatal–nacional, la imagen de que son una una vuelta al punto del camino en el que Dictadura y neoliberalismo nos hicieron perder el camino, los compañeros, los sueños, etc. Se los incorpora porque no son cancelables pero se los incorpora como si fueran miembros del cuerpo desaparecido por Dictadura y neoliberalismo. Si volvió el Estado-nación, entonces no llegó la infrapolítica después de que el Estado-nación se fue. Si volvió el Estado-nación se anula la potencia de lo político y se anula también la impotencia de la política institucional, a la vez que se le devuelve o se le genera poder. Un poder estatal que la mayoría hoy celebra y que es la transformación, el reencauzamiento de la energía infrapolítica que explotó en 2001.
En breve, es estratégico desmentir que volvió el Estado-nación porque, si volvió, se cierra lo abierto, se reducen los posibles, lo político no existe y los nosotros no podemos politizar ningún problema común.
En otras palabras, la publicitación del Estado contemporáneo como poderoso tiene como condición la publicitación de la experiencia infrapolítica como impotente. Por esto el kirchnerismo presenta, tanto como los medios, una imagen descafeinada de 2001, inocua, rutilante (el espectáculo-catástrofe tiene siempre muy buen rating, pero no produce sino víctimas y espectadores: impotencia). La publicidad kirchnerista y las cataratas mediáticas nos ponen, retroactivamente, como expectando que volviera un Estado fuerte y protector que evitara catástrofes neoliberales y terrores dictatoriales, que en la práctica nos deja complacidos con el eclipse de la autonomía dosmilunera.
¿Quiere todo esto decir que debemos añorar 2001 para zafar de la estética catastrofista kirchnerista-mediática? ¿Quiere todo esto decir que 2001 debe repetirse? Nada de eso. 2001 no volverá. Si decimos que el fantasma de 2001 merodea o que se inmiscuye en las hendijas del armado ordenador posnacional, es porque aún no tenemos otro nombre para eso, es porque nuestra imaginación no acierta a ir más allá de lo que la imaginalización mediática y oficial performan. Ocurre que solamente la exploración colectiva de las aberturas, y el hallazgo de las potencias que en esos espacios tenemos, potencian la imaginación de los colectivos autónomos. En otras palabras, la consigna no es 'luche y vuelve'; la consigna es ‘abramos e imaginemos'.
[1] F. Berardi, Generación post-alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo, Tinta Limón, Buenos Aires, 2007, p. 35.
[2] Parte de las tareas que tenemos por delante es pensar cómo es una nación o una industria que no se articulan de modo estatal-nacional con el resto de los elementos sociales: una industria que no produce la subjetividad “productor”, arquetípica de la nación, ínsita en la subjetividad “ciudadano”.
[3] S. Abad y M. Cantarelli, Habitar el Estado. Pensamiento estatal en tiempos a-estatales, Buenos Aires, Hydra, 2010, p. 19.
[4] Es cierto que el flujo de opinión kirchnerista y antikirchnerista se empeñan en hacer aparecer un eje, pero, como veremos, esa es una imagen que sobreimprimen a una realidad mucho más rica y potente.
Gobernar tras 2001 (el kirchnerismo como equilibrismo osado)
Podemos recapitular sumariamente el argumento que hilvana la conversación y destilarlo. El Estado, en 2003, ya no podía seguir siendo Estado como hasta entonces. El régimen político kirchnerista es la continuación del Estado por otros medios.
El régimen kirchnerista hace experiencia de las dificultades de gobernabilidad posteriores a 1983, y en esto basa su eficacia. En general, esas dificultades venían acumulándose: debilidad secular de las instituciones republicanas, transnacionalización de la economía, mutaciones sociales y económicas, sectores sociales no representables en la cima y en la base social (capital transnacional, consumidores, excluidos) que dificultaban la representación, etc. En singular, la dificultad era más reciente y punzante: la emergencia de sujetos infrapolíticos que impugnaban e iban más allá de la representación.
El Estado, en 2003, ya no podía seguir siendo Estado como hasta entonces. El proceso social objetivo que dificultaba la gobernabilidad había comenzado un cuarto de siglo antes y había conducido a la corrupción de la forma nacional del Estado. La síntesis político-subjetiva llamada2001 era más palpable y obstaculizante y había dado –vía impugnación y vía afirmación– el tiro final a la representación –es decir, al principio estructurante del Estado-nación, de la sociedad nacional y de la liga entre ellos. Así, entonces, 2003 se dibujaba, desde el punto de vista estatal, como un atolladero urgente. El régimen kirchnerista, con la representación, el ajuste y la represión interdictos, reaccionó enérgica y creativamente a la encrucijada que se le planteaba.
Esa encrucijada tenía la forma de una trifurcación de exigencias sine qua non: a) asegurar condiciones favorables al capital transnacional; b) asegurar su medio de vida a la clase política; c) asegurar la gobernabilidad de los sectores no representables subalternos (tanto los consumidores como los colectivos infrapolíticos).
Kirchner, como artesanal equilibrista, satisfizo las tres exigencias vigorizando el aparato del Estado, logrando que se sobrepusiera a la furiosa impugnación y autonomía dosmilunera. Pero no devolviéndole su forma nacional, sino adecuándolo a las nuevas condiciones sociales y políticas y a sus exiguos recursos gubernamentales (ya fuera por deficiencia secular o por desguace neoliberal).
El círculo virtuoso de los años kirchneristas consiste en que el Estado asume un desempeño tal que satisface las tres exigencias (respectiva y esquemáticamente: a) rentabilidad productivo-exportadora, b) recaudación fiscal y c) redistribución gestionada ad hoc + performación y satisfacción imaginales de demandas) y las tres satisfacciones fortalecen el Estado (respectiva y esquemáticamente: a) superávit, b) cohecho y c) votos + opinión favorable). Y así, por lo tanto, se reinventa su conexión con la sociedad y su capacidad de gobernarla.
Esta conexión, esta gobernabilidad, sin embargo, no tienen ya la forma de liga orgánica, representacional, entre la sociedad y el Estado nacionales. Dadas la menguada fuerza homogeneizadora del Estado, la creciente fuerza heterogeneizadora del mercado y la productividad subjetiva de los movimientos colectivos, incluida la necesidad –bien propia de la dinámica social contemporánea– de actuar rápidamente, esa conexión y esa gobernabilidad se realizan por la vía de la gestión ad hoc. La gestión ad hoc es un procedimiento estatal contingente, artesanal, ágil y eficaz adecuado a las condiciones sociales contemporáneas y las condiciones estatales argentinas, pero, así como se adecua a ellas, así también las perpetúa, tornándose a sí misma más necesaria, más febril, más costosa, más puntual y más provisional –y, tal vez, más precaria. Por lo pronto, sin embargo, acierta a preservar el equilibrio entre las tres exigencias con que Néstor se encontró en 2003.
Este equilibrio, sin embargo, no es armonioso sino tenso, y –como del fuego cruzado solo se sale a los tiros– esta tensión ha exigido ese estilo confrontativo tan característico del kirchnerismo que apasiona a sus seguidores y enerva a sus detractores. Las tensiones han sido, respectiva y esquemáticamente: a) contradicción entre la satisfacción a la exigencia del capital y la satisfacción a las demandas de los nosotros (los conflictos por el permiso o prohibición de la megaminería constituyen el ejemplo más claro); b) contradicción entre la satisfacción de las necesidades de la clase política y de reproducción del aparato del Estado por un lado y por otro las de ganancia del gran capital (los conflictos con el multimedios Clarín y el “del campo” son el ejemplo más claro); c) contradicción entre la satisfacción gestionaria e imaginal a los no representables y las fracciones no-kirchneristas de la clase política (cualquiera de los conflictos políticos que reportan los medios es un ejemplo claro). Estas tres confrontaciones, no del todo explícitas pero casi siempre sobreactuadas (imaginalizadas), explican el “progresismo” de la restauración kirchnerista del poder del Estado.
He intentado ser esquemático, pero quedó complicadito el esquema… Toda esta complejidad (que es apenas una pizca de la complejidad efectiva del régimen político actual) es publicitada por el régimen de manera binarizada (según la ocasión: Estado contra mercado, pueblo contra corporaciones, sueños setentistas contra tándem dictatorial-neoliberal, etc.). Que esa dicotomización reduzca la complejidad social e impida comprenderla es lo menos grave; si hace estragos, consisten en que desvían la potencia de los nosotros de su situación a un eje que es el del Estado. El eje, para el campo de lo político, no pasa por kirchnerismo-antikirchnerismo, Estado-mercado (o cualquiera de sus variantes), sino por la divisoria entre elección de opciones probables y exploración de posibles infinitos.
La binarización no es muy fiel a la realidad pero eso no importa cuando de gobernabilidad se trata. Su eficacia en lo que a gobernabilidad respecta reside en convocar pasiones políticas estatales (léase desviar la energía de la potencia infrapolítica al poder de la política) y en invisibilizar lo tercero infinito (léase empantanar a los colectivos infrapolíticos y organizar el olvido de su potencia). Sea por esa convocatoria o por esta invisibilización o por ambas, el régimen político actual logra contener las aberturas que 2001 abrió y continúan abriendo su presencia continuada y la fluidez social, así como impedir el desborde. Logra eso, pero no, clausurar las aberturas.
martes, 23 de agosto de 2011
Mi abstract rechazado por la academia
Parece que ahora en la academia el kirchnerismo es políticamente correcto, y pensar, no. Decía el mail: «El abstract por Ud. presentado no ha sido aceptado por el Comité Científico del “IV Encuentro Internacional de Trabajo Social de la Universidad de Buenos Aires Políticas Públicas y Trabajo Social. Aportes para la reconstrucción de lo Público”»; pregunté los motivos, pero la “ciencia” del Trabajo Social se quedó sin respuestas… (Clarín tampoco planea publicarlo...) Aquí va el abstract de la ponencia que me rechazaron.
Problema: El gobierno “popular” argentino como apuntalamiento de la dominación capitalista globalizada.
Se habla de “vuelta del Estado”. Sin duda, hay más Estado hoy en América Latina que en los ’90, pero es dudosísimo que este Estado “ampliado” sea la restauración del Estado-nación.
La noción de Estado posnacional es una herramienta en construcción. Busca reconocer y dar cuenta de un cambio sustancial de nuestros tiempos: del capitalismo industrial al posindustrial y de la sociedad y la cultura sólidas a las fluidas. En esta exposición resumiremos el trabajo que venimos desarrollando para pensar los gobiernos kirchneristas como instalación de un régimen posnacional de gobierno. El kirchnerismo logra actuar en al menos tres esferas: la coyuntural, la estatal y la de la dominación. Logra mantener y reforzar la gobernabilidad, el aparato estatal y la dominación social.
Al hablar del kirchnerismo, debemos recordar que es un gobierno que nace condicionado por un hito en la historia argentina, que es diciembre de 2001. 2001 significaba un condicionamiento a cualquier gobierno que viniera, un condicionamiento que Duhalde no pudo resolver: imposibilidad de reprimir (porque, gobierno que reprime, gobierno que cae), imposibilidad de hacer ajustes e imposibilidad de representar. Así, pues, los Kirchner debieron prescindir de los tres recursos básicos de la democracia posdictatorial y generar procedimientos nuevos de obtención de consenso (a veces vía chamullo, a veces vía caja, a veces vía medios, nunca vía represión directa o disciplinamiento por exclusión) y convertirse en un gobierno muy complejo y contradictorio. Por ejemplo, abrir juicios a represores de la Dictadura y a la vez no desmontar los aparatos represivos que pueden hacer desaparecer a Julio López o matar a Fuentealba, a Mariano Ferreyra o a cualquier pibe en cualquier comisaría; permitir la extranjerización de la economía y a la vez quitar concesiones a privatizadas; etc..
Para aportar a la construcción de la noción de Estado posnacional, así como para mostrar su productividad, recorreremos algunos rasgos de los gobiernos kirchneristas teniendo en cuenta esta madeja de tensiones y de condicionamientos, así como la forma en que actúan en las tres esferas mencionadas –la gobernabilidad, el aparato estatal y la dominación social.
Valga este abstract como adelanto del libro de historia argentina que estoy terminando. Este martes mando algo más -y vendrán otros. Podés ir siguiéndolos en mi facebook.
Hacia la noción de Estado posnacional
El caso argentino (2001-2011)
Eje temático: Reconfiguración del Estado en LatinoaméricaProblema: El gobierno “popular” argentino como apuntalamiento de la dominación capitalista globalizada.
Se habla de “vuelta del Estado”. Sin duda, hay más Estado hoy en América Latina que en los ’90, pero es dudosísimo que este Estado “ampliado” sea la restauración del Estado-nación.
La noción de Estado posnacional es una herramienta en construcción. Busca reconocer y dar cuenta de un cambio sustancial de nuestros tiempos: del capitalismo industrial al posindustrial y de la sociedad y la cultura sólidas a las fluidas. En esta exposición resumiremos el trabajo que venimos desarrollando para pensar los gobiernos kirchneristas como instalación de un régimen posnacional de gobierno. El kirchnerismo logra actuar en al menos tres esferas: la coyuntural, la estatal y la de la dominación. Logra mantener y reforzar la gobernabilidad, el aparato estatal y la dominación social.
Al hablar del kirchnerismo, debemos recordar que es un gobierno que nace condicionado por un hito en la historia argentina, que es diciembre de 2001. 2001 significaba un condicionamiento a cualquier gobierno que viniera, un condicionamiento que Duhalde no pudo resolver: imposibilidad de reprimir (porque, gobierno que reprime, gobierno que cae), imposibilidad de hacer ajustes e imposibilidad de representar. Así, pues, los Kirchner debieron prescindir de los tres recursos básicos de la democracia posdictatorial y generar procedimientos nuevos de obtención de consenso (a veces vía chamullo, a veces vía caja, a veces vía medios, nunca vía represión directa o disciplinamiento por exclusión) y convertirse en un gobierno muy complejo y contradictorio. Por ejemplo, abrir juicios a represores de la Dictadura y a la vez no desmontar los aparatos represivos que pueden hacer desaparecer a Julio López o matar a Fuentealba, a Mariano Ferreyra o a cualquier pibe en cualquier comisaría; permitir la extranjerización de la economía y a la vez quitar concesiones a privatizadas; etc..
Para aportar a la construcción de la noción de Estado posnacional, así como para mostrar su productividad, recorreremos algunos rasgos de los gobiernos kirchneristas teniendo en cuenta esta madeja de tensiones y de condicionamientos, así como la forma en que actúan en las tres esferas mencionadas –la gobernabilidad, el aparato estatal y la dominación social.
Valga este abstract como adelanto del libro de historia argentina que estoy terminando. Este martes mando algo más -y vendrán otros. Podés ir siguiéndolos en mi facebook.
viernes, 12 de agosto de 2011
Prólogo
por Sebastián Scolnik y Diego Sztulwark
Hacía falta (al menos) un texto laico (y no periodístico) sobre esta década política argentina. La mistificación que surge de la guerra entre adherentes y oponentes se completa con el tratamiento mediático de todo acontecimiento. Contrarrestar esta dinámica implica y supone, como gesto mayor, hacer una justicia al 2001 como algo que fue, que hemos pensado, y que sigue siendo de un modo que tenemos que seguir pensando.
El valor de este libro radica en la decisión de leer la última década de política argentina a partir de tres desplazamientos necesarios. Una atrevida comprensión del kirchnerismo por fuera de toda reducción al binarismo ambiente. Una exigencia de resituar el discurso de los protagonistas centrales de este tiempo a la luz de las nuevas condiciones, es decir, del 2001. Y un reposicionamiento: el del historiador como sistema de percepciones a la altura de una diferencia que agrieta el presente sin que nos sea siempre fácil aprehenderla.
I.
La filosofía de la diferencia ha encontrado en Nietzsche un razonamiento decisivo: la existencia de una diferencia de naturaleza entre un orden conservador afincado en la representación –según el cual se da el curso de los hechos–, y un desorden genial que sólo coincide con un momento de la historia sin confundirse con ella. No se trata sólo de separar lo ordinario de lo extraordinario, o de repetir una vez más aquello que ya vienen diciendo las doctrinas de la excepción respecto de la relación paradojal entre vigencia y suspensión de la ley, sino de apuntar claro al principio constituyente en la política.
En el corazón de esta distinción encontramos a las formas medias (la historia como oposición entre las formas pre-constituidas) y a las formas extremas (creadoras de nuevos valores). Entrenarnos en esta diferencia puede permitir captar los momentos en que estas formas medias monopolizan el discurso de los valores estirándose hasta el infinito y cuando, por el contrario, las formas extremas suspenden ese prolongarse activando su labor creativa.
Partimos sí de una necesidad existencial de elucidar nuestro presente político inmediato, pero también de una necesidad no menos vívida de que dicha comprensión esté a la altura de una desconfianza –a veces pública, otras íntima–, o más bien de un abierto rechazo, respecto de aquello que en estos tiempos se presenta como restitución de los envejecidos valores de siempre.
El síntoma mayor de este estado de cosas en la enunciación política reciente se da en torno a la devaluación casi unánime de toda idea de lo neutro (como actitud sustractiva que promueve un vaciamiento de los valores dominantes, distribuidos en alternativas bien delimitadas) bajo sospecha de ser neutral (que en el lenguaje actual denota sobradamente una actitud de des-responsabilización, apatía, despolitización, insolidaridad e individualismo).
En efecto, no hay neutro posible bajo la apabullante eficacia de los grandes medios de comunicación que han tomado a su cargo la tarea de estabilizar el “ser social” a partir de un conocido sistema de percepciones de los valores de la vida colectiva. Su labor es la de convertir hábitos y lenguajes populares en consignas tan planas como los artefactos de consumo a los que se ligan indisolublemente. Su régimen de verdad surge de una auto-atribución de rasgos de objetividad provisto por la posesión de los medios de comunicación como capital y de su labor en la producción de verdad como modelo del sentido común.
Pero tampoco lo hay en el gesto noble del militante que le responde a esta maquinaria declarando que, al contrario, sólo la parcialidad subjetiva constituye índice de verdad situada y última. Este tratamiento del sentido de lo colectivo, sea en la denuncia de los poderes que combate o bien en la promoción de otra imagen de la actividad social, ha sabido proliferar en los últimos años en el suelo de lo mediático asumiendo para sí muchas veces procedimientos que provienen de ese mundo al que se enfrenta.
En una guerra así declarada, queda dicho, no hay espacio alguno para la neutralidad, ni lo pretendemos. Entre el irrespirable veneno del rechazo visceral que desmiente una y otra vez esa supuesta objetividad desde la que “los medios” hablan y la posición que santifica y exculpa a quienes se animan a enfrentar algunas de esas posiciones de poder, existen diferencias tan claras que la duda no encuentra suelo donde arraigar.
Pero esta toma indudable de partido no nos entusiasma al punto de volvernos indiferentes ante el bloqueo del proceso vital de lo neutro. ¿Cómo no sacar las cuentas del hecho de que toda toma de partido será tan necesaria como insuficiente si, como correlato directo de su acción se alimenta la confianza, paradojalmente compartida por todos los oponentes, en el juicio de valor respecto de lo existente como manifestación última de nuestro deber ser político?
Es esta confianza igualmente repartida en lo consolidado (que emana tanto de la narración fundada en la posesión del capital, como la que presupone un sentido derivado del mito y de la tradición) lo que abruma en este tiempo político.
II.
Desearíamos apropiarnos de este estado de sospecha generalizado para volverlo señal y convocatoria de un nuevo tipo de ensayismo.[1] Una escritura capaz de retomar la potencia de la forma extrema que esperamos de un auténtico laicismo político.
Si los poderes han reclamado para sí la fuerza de lo imaginario (esta es una de las tesis centrales de las que habla este libro: la potencia imaginal como sustancia clave de un gobierno post-representacional), la posibilidad misma de una política del nosotros necesita reelaborar este nivel imaginario desde el gesto profano. O, mejor, para situarnos directamente en las preguntas que nos son afines con el texto que prologamos: si el año 2001 marca, en el calendario político reciente, la fuerza completamente afirmativa de la crisis como poder destituyente, el año 2008 signa la completa inversión de lo destituyente como poder negativo de la crisis a conjurar.
¿Cómo pensar el significado de esa vuelta completa de este término? Consideremos dos tipos de respuestas ateas a esa pregunta. La primera, la del historiador –que este libro pone a prueba– aspira a comprender el movimiento de la diferencia (Dice Pablo Hupert: “Kirchner, sin dejar de temer el poder del gran capital trasnacional, temía el poder de veto popular”). La segunda, la de la investigación militante –relevada en el texto, por el momento más postergada – trabaja para producirla a partir de la labor de las resistencias del presente (que “desbordan” la declinación reactiva de lo destituyente). Este desplazamiento no deja de constituir un signo del curso de los hechos. Es la historia quien toma la delantera en la puesta entre paréntesis del sentido (este neutro no-neutral), interrumpiendo los clichés discursivos y proponiendo procedimientos de comprensión que –esto no se podrá resolver por sí sólo– invocan afinidades más amplias con la praxis.
Retomando: si el 2001 es el nombre de la fundación más extrema de una política del nosotros (infrapolítica[2] o perspectiva post-estatal para los asuntos colectivos), inaugurada bajo el lema “que se vayan todos”, el 2008 nos habla de un tiempo bien distinto, en el que la potencia colectiva –como deseo de reformas democráticas– se ha identificado sin inocencia con los momentos de osadía, pero sobre todo con los de fragilidad de ese proceso de recreación del Estado y de las aptitudes de un nuevo estilo de gobierno. Su efecto más tangible es la conversión de una infrapolítica del nosotros en una micro-política cada vez más interior al constructo kirchnerista.
III.
La ambivalencia del kirchnerismo se consuma con la extensión de estas dos caras: forma de gobierno de tanto como forma de comunicación con una micro-política cada vez más interiorizada bajo la exigencia nunca del todo asegurada de la gobernabilidad. Cabe a este original compuesto el mérito de haber propuesto una discusión de inusual intensidad sobre la vigencia de nuestras ideas políticas a partir de la confrontación incesante con la pregunta: ¿cómo pensar a Kirchner? Por sí sola esta pregunta parece reunir todas las cuestiones candentes del momento. No sólo por lo que la respuesta pueda suponer, sino también por el desplazamiento que esta pregunta supone con respecto a aquella otra: ¿cómo pensar el 2001? La dramaticidad de este modo kirchnerista de preguntar se acentúa en la honestidad afectiva que motiva a muchos de sus más sensibles comunicadores a creer que lo que de valor se ha producido “desde abajo” durante la crisis, se retoma y se pone en juego ahora “por arriba” a partir del sentido último que demos a la figura del ex presidente. La dificultad de discutir con este tipo de posiciones concierne sobre todo a la pregnancia afectiva que destila y a las connotaciones emotivas del modo en que historiza el tiempo político: el pasado de las heridas de las izquierdas y del peronismo, el presente como reparación, el futuro como dinámica reformista en homenaje perenne a la revolución imposible.
¿Quién se negaría siquiera a pertenecer de pleno derecho a este tiempo político? Pero el trabajo del historiador, con esa atención a la labor de la diferencia (el 2001 como forma extrema de la política del “nosotros”), un tipo de atención desacompasada de las pasiones del presente, se ve obligado a preguntar de otro modo: ¿son útiles estas representaciones al proceso que vivimos, al trabajo real que la diferencia actualiza sobre todos nosotros?
Este libro altera las condiciones del preguntar y bajo la forma de un diálogo profesoral ametralla con enunciados que remiten lo real del kirchnerismo a una enorme capacidad de aprendizaje político: “logró encontrar la manera a través de la cual condicionar desde el Estado el condicionamiento que éste recibía desde el mercado”; comprendió que el valor del Estado era el de la gestión (de la contingencia, de lo fragmentario y de la materialidad de las vidas) antes que el de la representación, lo cual le suministró las claves necesarias para presentar una relación nueva y activa con las micropolíticas, otorgándoles una referencia macropolítica; aprovechó el valor imaginal para organizar la complejidad social (“¿cómo una madeja social compleja es llevada, vía imaginalización, a una confrontación binaria?”); expandió al Estado lo “suficiente como para que casi cualquier proyecto tenga que (y hasta le convenga) pasar por él”; desarrolló una interfaz, “eso que compatibiliza elementos sin homogeneizarlos”, que “traduce pero no reduce a una abstracción común”, desde la cual “conectar no es vincular”.
En todo caso, el kirchnerismo ha renovado el poder del historicismo. Cuenta en décadas lo que supone concerniente a un tiempo cíclico: diez años de 2001; una catástrofe y una década: década dominada por el kirchnerismo. Este tipo de fraseo rápido es consustancial al “retorno de la política y del conflicto” tal y como el propio kirchnerismo se lo representa. Lo subrayable de este tipo de relato es el doble efecto que le es intrínseco. Al secuenciar así el proceso logra disipar la potencia del no poder (destituyente-creativo) del acontecimiento y, al presentarlo como un tiempo que va del caos al gobierno (del estado de naturaleza al de la justicia política), retoma para sí mismo esa potencia otorgándose un vigor político que atribuye según las circunstancias a la procedencia setentista, peronista o propiamente kirchnerista.
IV.
En un nivel más próximo aún, el kirchnerismo presenta un argumento consistente en su favor. Lo que podemos llamar su plasticidad, su inorganicidad, su permeabilidad, su alto grado de improvisación, su capacidad de mutar y, en fin, los rasgos de un estado de permanente inacabamiento. Y esto es así al punto que su fuerza proviene de esta fluidez, de esta capacidad de receptar lo otro, de interiorizar lo exterior. El kirchnerismo capitaliza como fuerza su propia vulnerabilidad y –se ha señalado repetidamente– extrae su máxima lucidez de sus reacciones agónicas.
¿Cómo se sustrae el historiador del presente de estas voces seductoras que tan poderosa atracción ejercen sobre el pensamiento militante, constructivo? (Lo leemos: “se conforma una inseguridad acerca de la capacidad del Estado actual de ligarse de forma estable y perenne con la sociedad”; “asegurar la ligazón es asegurar la gobernabilidad”). No diremos que se trate de asepsia científica. Si el texto logra meterse con éxito con estos y otros asuntos peliagudos no lo hace en virtud de abstenerse del “barro de la historia”. Pero sí de eludir con suma elegancia aquellas consideraciones que a nosotros nos llenan de dudas, de demoras y de confusión. Resta considerar hasta qué punto eludir, aquí, no es simple evitación sino procedimiento de selección. Hupert escribe (aunque el género sea el de transcripción de sus cursos de historia, escribe) en base a una envidiable economía de desarraigo de problemas mal planteados, de esos en los que solemos quedar atrapados.
El principal de ellos consiste en examinar la racionalidad de los actores a la luz de sus respectivos conatus, y no de la mera validez formal de sus argumentos autonomizados del drama que encarnan. Así, tenemos básicamente, las siguientes dinámicas en juego: el 2001 (política del “nosotros” según la cual nos ocupamos de tratar problemas que no son “naturalmente estatales”); el Estado (cuyo principal objetivo es gobernar en circunstancias variables); el kirchnerismo (que “vino a asumir la difícil tarea de hacer viable un Estado donde los movimientos sociales no pedían representación”); la dimensión (o suelo) post-representacional (imaginal, esto es: régimen de imágenes, no ya de representaciones) o el “proceso de territorialización” (post-estatal, mercantil, que retrotrae a las cajas PAN del gobierno de Alfonsín).
¿Y cómo argumenta el historiador la post-estatalidad[3] ante la llamada “vuelta” del Estado? Se trata de “una correlación entre: emergencia de la infrapolítica, capitalismo post-industrial, desarrollo de una sociedad no representable, territorialización de la dominación social y la gobernabilidad, crisis de las instituciones representativas, desligazón entre Estado y sociedad, segmentación y trastocamiento del sistema político, demanda incesante, proliferante y rampante, desnacionalización del Estado argentino”. El Estado que brota de esta coalescencia concentra flujos (los hace pasar, los aprovecha), pero ya no los centraliza (no organiza a priori lo social), y el individuo que participa de esta configuración es menos el consumidor del neoliberalismo y más el consumidor subsidiado del llamado post-neoliberalismo.
La historia que aquí se cuenta es, al fin y al cabo, comprensible: el gobierno neoliberal prescindía de los gobernados, confiando en el mercado. El 2001 es la elaboración en términos infrapolíticos del nosotros. El kirchnerismo es la vuelta del Estado (en la modalidad del capitalismo “axiomático”), que muta para volver y vuelve menos como representación y más como conexión término a término respecto de aquello que Laclau llamaría “las demandas”.
V.
Si vamos a creer en el mundo necesitamos, pues, de un nuevo régimen de experiencias y de creencias. De esta necesidad partimos cuando festejamos y proponemos de modo urgente una escritura profana sobre ese nudo difícil de afectos y significaciones que dio en llamarse kirchnerismo, forma penúltima de narración de la última década de la política argentina. Sed de textos cuya riqueza provenga de ofrecernos nuevas posibilidades de acción antes que de una renovación de las fuentes habituales de trascendencia de los discursos que han capturado la reflexión y la lengua de lo político, sean estos discursos los libros atravesados por una idea del mito que otorga excesiva unidad espiritual a lo que necesitamos pensar en su diferencia material, o sean aquellos en que lo que se actualiza es cierta tradición (liberal, nacional, revolucionaria). Lo que hoy precisamos comprender es el modo en que se reanuda lo discontinuo (esa “verdadera” tradición que Benjamin atribuía al historiador materialista), y que nos lleva a pensar de otro modo la relación con el 2001 como la tradición del desborde que, una y otra vez, tiende a colocarnos a “nosotros” como condición de posibilidad de lo político.
Sebastián Scolnik y Diego Sztulwark
PDD, 31 julio 2011
[1] A este respecto vale la pena señalar la coincidencia de este libro con Habitar el estado (Ed. Hydra; Bs-As, 2010), de Abad y Cantarelli que, con otra orientación y escritura, asume en la historiografía y, más particularmente, en la estela de conceptos del historiador argentino Ignacio Lewkowicz una fertilidad común.
[2] Tomamos el término infrapolítica de James Scott (“Los dominados y el arte de la resistencia”). Scott lo utiliza para describir modos menos evidentes de las resistencias al poder. Nosotros lo deformamos un poco, y lo ponemos a trabajar en juego con el concepto de micro-política. Infra-política, proponemos, es el trabajo de la política capaz de elaborar sentidos colectivos poniendo entre paréntesis (lo que no quiere decir nunca negar, tachar o ignorar, sino en todo caso reconsiderar desde una relativa potencia autónoma) el código que organiza el sentido desde la política macro.
[3] La post-estatalidad no es una noción sencilla. Para Ignacio Lewkowicz, en la post-estatalidad, el Estado es un “término importante de las situaciones, pero no es la condición fundamental del pensamiento” (Pensar sin Estado). Por su parte, Paolo Virno llama “instituciones post-estatales” a las formas políticas que emergen del agotamiento de la soberanía (Ambivalencia de la multitud).
Ya sale!
El 12 de septiembre de 2011 El Estado posnacional. Más allá de kirchnerismo y antikirchnerismo de Pablo Hupert estará en la calle.
Compra directa: pablohupert@yahoo.com.ar
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