jueves, 19 de noviembre de 2015

Pablo Hupert sobre "El Estado posnacional" en el programa Tiro al Blanco de FM La Tribu

Entrevista en Revista Devenir completa

El n° 38 de Revista Devenir se distribuye en los kioscos con la nueva edición de El Estado posnacional. Aquí publicamos completa la entrevista que Devenir le hizo al autor.


-¿Qué motivó a que haya una edición 2015 de “El Estado posnacional”? ¿Qué diferencias hay en relación al primer volumen?
-Antes que nada, la necesidad política de encontrarle huecos a 2015. Cuando ves que más del 90% votó a candidatos de derecha en las paso, y que el ausentismo no fue un abstencionismo activo, o un término político protagónico del tipo que sea, la sensación general es de encerrona. Creo que el libro y las extensiones que le agrega esta edición permiten entrarle a la cosa con otros esquemas de caracterización, menos electorales, menos periodísticos y menos estatalistas, pero también menos clásicos.
Luego, hubo motivaciones más, digamos, externas y más, pongamos, internas. Por el lado, ponele, exterior, el interés de la editorial Quadrata en hacer circular ciertas ideas relacionadas con la autonomía (sobre esto creo que tendrías que preguntarles a ellos, pero sí puedo decirte que “Autonomía” es el nombre de la colección en que se reedita). También es supuestamente exterior el hecho de que la edición 2011 de Pie de los Hechos está agotada. Ya es menos exterior aun el hecho de que hubiera experiencias autónomas que encontraron muy provechoso el libro para pensar sus procesos colectivos como secuencias políticas.
-¿En qué sentido?
- Digo “como secuencias políticas” en al menos dos sentidos (en lo que al libro respecta, pues un proceso puede ser político en varios sentidos, algunos de los cuales son creados por el proceso mismo). Por un lado, el libro habilita a los colectivos a pensarnos en relación a 2001 y en relación al Estado.
En un año en que parece que todo lo decisivo en política pasa por unos sufragios, y que las tramas sociales singulares no son políticas, nos parecía, al colectivo editor, importante entrar a la conversación pública diciendo que se puede pensar el Estado desde nuestra situación y no tanto nuestra situación desde el Estado. Pensarnos desde nuestros problemas, nuestras tareas, nuestra necesidad de articularnos con otros colectivos, incluso con el Estado, con sus leyes, sus agentes, sus dineros, en vez de supeditar todas esas cuestiones al debate sobre si Aníbal fue el autor intelectual del crimen de la efedrina o al debate sobre la figura de Niembro y los diversos tratamientos que le dan Clarín y Página/12.
Para el libro, 2001 no es una fecha y el Estado no es un instrumento. Me detengo en 2001, que no entendemos como la fecha de un evento o solamente el año de una crisis sino como la irrupción de una posibilidad. Pues, si por un lado 2001 fue una impugnación, expresada en “que se vayan todos”, 2001 también fue una afirmación: que venga nosotros. Fue una afirmación múltiple, que no tuvo una única consigna, y que en general no tuvo expresión. Pero la afirmación dosmilunera no se detuvo en 2003. La gobernabilidad estatal se repuso de la impugnación general de los gobernados, es cierto, pero también es crucial expresar que, aunque la gobernabilidad volvió, la afirmación continuó, y proliferó, y mutó.
En ese momento (me refiero a 2001-2), hubo nosotros constituidos como asambleas barriales, como fábricas recuperadas, como piquetes o nodos del trueque, entre otros. Luego de 2003, comenzó a haber más fábricas, colectivos de comunicación comunitaria, bachilleratos populares, cooperativas de trabajo, observatorios, cuerpos gremiales independientes, organizaciones ambientalistas, originarias, iniciativas editoriales autogestionadas, colectivos territoriales, universitarios, escolares, ensayos de comercialización no capitalista y un innumerable etcétera de iniciativas no originadas en el Estado sino en la multiplicidad que existe más allá de kirchnerismo y antikirchnerismo.
Así es que el fermento que llamamos 2001 pulula por doquier. Insiste. El libro apuesta a expresar la afirmación 2001: venimos nosotros. Y con esto vuelvo a tu pregunta por lo que nos movió a reeditarlo y “recargarlo”. El texto de la primera edición sigue presente y lo consideramos válido en sus trazos gruesos. No parecía necesario actualizarlo. Pero era bueno activarlo. Nos preguntamos: ¿Cómo activarlo? Continuándolo, extendiéndolo.
Entonces lo recargamos con textos que dialogan, explícitamente o de hecho, con el libro. El libro podía hacer un poco lo que hizo 2001: abrirse a continuaciones que lo resignifiquen y a interacciones que lo activen.
-Contame algo de esas continuaciones.
-Te aclaro que no son continuaciones en el sentido coloquial, salvo quizás mi posdata, donde caracterizo la subjetividad del consumidor subsidiado, sujeto propio de la nación posnacional, y profundizo el concepto de institución posnacional o “astitución”. Algunas continuaciones son de colectivos, de nosotros que hablan en primera persona (del plural, por supuesto): FM La Tribu, Mercado Solidario de Rosario, Frente Ciudad Futura, La Ventana. Lo bueno de estas es que muestran que la multiplicidad 2001 politizó diversos campos (la comunicación, la producción y el intercambio, la participación electoral y la educación). Eso, por un lado. Por otro, que no necesariamente esas continuaciones dicen lo mismo y son coherentes entre sí. Aun así, algo común se entrevé, y la pregunta que se plantea para todos los nosotros que proliferan hoy es cómo enredarse, cómo producir un común que no tenga como eje al Estado, ni al capital, sino a sí mismo, su actividad, su expansión, y que piense desde sí cómo se conecta con el Estado y el capitalismo.
-Después te pregunto algo de eso.
-Ok. Luego están las colaboraciones de Amador Fernández-Savater, Giuseppe Cocco, Bruno Cava, Ariel Pennisi, Sandro Mezzadra y Brett Neilson. Los primeros tres abren el libro poniendo en diálogo la experiencia de 2001 con la experiencia española de 2011, cuando fue el 15M y la brasilera de 2013, cuando se movilizaron 400 ciudades por el boleto gratuito. Creo que leer eso permite pensar nuestros obstáculos hoy. Ya no se trata de entrar en movidas que vayan más allá del Consenso de Washington, como en 2001, sino más allá del “consenso del extractivismo” y ese consenso que llaman “gobiernos progresistas de América latina”, como en 2013 en Brasil o como en junio pasado en Ecuador, cuando los movimientos indígenas marcharon a la capital. Pennisi propone una “crónica de un sciolismo anunciado” que cuestiona la perorata sobre el realismo político y tira pistas para evitarlo sin caer en la fantasía. ¿Cuál me falta? Ah, sí. Mezzadra y Neilson permiten pensar la relación entre Estado y globalización sin asumir que son antagónicos, sino que, luego de sus transformaciones gubernamentalistas y biopolíticas, se han vuelto incluso sinérgicos –un criterio que está muy en sintonía con el libro, y lo enriquece pues le dan un abordaje internacional.
-Los fundamentos que atraviesan el fundamento para presentar al argentino como un “Estado posnacional”, ¿viene a abonar la teoría del kirchnerismo como el gran restaurador del sistema democrático y capitalista en el país?
-Sí, pero depende de qué queramos decir con eso. Los mismos kirchneristas hablan de tener un capitalismo “en serio” y de fortalecer las instituciones democráticas. Creo que Raúl Cerdeiras indica bien eso, claro que con con fines diferentes. Pero ocurre que de algún modo lo dice también el trotskismo argentino. Ellos podrán diferenciar los sentidos de sus caracterizaciones. Pero, por lo pronto, quisiera evitar la palabra “restauración”, pues nos hace creer que todo volvió a ser cómo antes de 2001, y que el “que se vayan todos” no sirvió para nada. Tenemos todavía esa idea de la izquierda tradicional –aunque es de toda la subjetividad moderna­– de que, si una consigna no se aplicó literalmente, entonces fuimos derrotados, lo que hicimos “no sirvió para nada”, “fue pura ilusión”, etc. etc. Hablar de restauración es negar la potencia de 2001 (aunque por supuesto no es lo que hace Raúl). Creo que en este punto podemos combinar a Deleuze y a Badiou: con el primero, percibir la liberación de efectos involuntarios; con el segundo, trabajar seriamente sobre esos efectos para extraer/producir más consecuencias de la potencia que irrumpió en el acontecimiento.
Pero vuelvo a tu pregunta y aprovecho para retomar algo que me quedó colgado antes. Si el fermento 2001 se continúa en sus múltiples derivaciones y mutaciones, también se constata en sus efectos sobre el Estado mismo. La gobernabilidad estatal se repuso de la impugnación general dosmilunera, es cierto, pero para hacerlo el Estado debió cambiar. El régimen político kirchnerista (que no abarca solamente al FPV, sino también a los opositores y a los medios) es una forma de gobernabilidad que sucede cuando no ocurrió que se vayan todos, pero tampoco ocurrió que se vayan los nosotros. Es una gobernabilidad inestable, y su forma es fluida como estos tiempos capitalismo financiero e informacional (semiocapitalismo, en términos de Bifo).
-Ahora bien, que muchas organizaciones hayan sido cooptadas por el Estado/kirchnerismo desde 2003 y otras tantas vayan cayendo en la tentación electoral hasta en las más recientes elecciones, ¿no implica un retroceso de ese espacio autónomo que descreyó del aparato estatal?
- En primer lugar, no hay dudas de que la gobernabilidad se recompuso, y esto quiere decir que el Estado ha logrado gobernar la potencia proliferante de lo social. Pero un Estado posnacional o fluido es un Estado que no deja –porque no puede– las cosas instituidas. Gobernar ahora es contener una potencia, encauzarla, pero no es derrotarla y remoldearla.
Algunos movimientos fueron cooptados y perdieron su autonomía; otros se sirven de las herramientas que les acerca el Estado y no la pierden; algunos quizá la aumentan. Hay que verlo proceso por proceso.
Por otra parte, creo que debemos dejar de creer que “que se vayan todos” y el rechazo a todo lo electoral siga siendo la consigna parteaguas. Eso dijimos en otras circunstancias; en las actuales, necesitamos otra consigna. Pero no la puedo decir yo ni vos ni Badiou ni Negri. Son los movimientos los que nos dicen cómo problematizar lo social, los que nos dicen cómo protagonizar esa problematización, y no al revés.
Hay un Estado que se acerca, cosa que no podemos evitar y que tal vez no haya que evitar. En pleno menemismo, mantener la distancia del Estado era mucho más fácil que en pleno kirchnerismo. Cómo articulamos con este Estado sin perder la autonomía, sin caer bajo su tutela, es un problema abierto, una pregunta que caminando se responderá.
-¿Tu diagnóstico acerca del fin del Estado-nación es aplicable a toda Latinoamérica?
- Creo que sí, pero habría que ver cada caso para afinar la caracterización y las herramientas conceptuales. En principio, lo que importa es que, al fragmentarse el Estado, al tornarse precaria su institucionalidad, algunos movimientos pueden desgajar algún fragmento y recombinarlo dentro de su estrategia. Creo que ya están haciendo esto con leyes, con audiencias, con dineros, con programas, incluso con edificios y agencias que el Estado “brinda”. Esto nos exige una atención especial, que impide dar definiciones para siempre. No podemos tener la calma de definiciones tajantes y de validez eterna (del tipo “nunca articularemos con un sindicato” u otras por el estilo). El punto es no caer en el estadocentrismo. El artículo de Amador, en este sentido, propone una estrategia “multinivel”.
-¿Podrías ampliar el concepto con el que cerrás tu introducción al libro y que propone “abramos e imaginemos”?
Es lo que venía diciendo. No se trata de repetir lo que fue eficaz en otras condiciones. Nos pareció que el libro podía hacer un poco lo que hizo 2001: continuar y abrirse.
El mes pasado, en el Bauen, unos compañeros y organizaciones hicieron unas jornadas tituladas “¿Qué nos pasó? De la insurrección de 2001 a la encerrona de 2015”. Es maravilloso el efecto desbloqueante que tiene pensar juntos lo real. A otra escala y con una eficacia distinta, eso hizo 2001. Lo que convoca fidelidad de 2001 es su potencia de apertura, de corrimiento de posibles antes inimaginados. No se trata de repetir su contenido sino de insistir en expandir posibles.


Para decirlo muy brevemente (pues desarrollarlo requeriría un libro…): 2001 es imposible en 2015, pero 2001 permite abrir 2015.

Entrevista radial: estos años produjeron la subjetividad PRO



martes, 17 de noviembre de 2015

Breve historia de un mal menor, por Ariel Pennisi





“A mí lo que me engancha de Daniel es que es desarrollista…”
Juan Manuel Urtubey


“Mauricio Macri siempre fue desarrollista”
Rogelio Frigerio




1.

            El golpe que derrocó al gobierno de Perón contribuyó a astillar el panorama político. Así, los reagrupamientos tendientes a buscar una salida institucional, una vez probada la impopularidad de los golpistas –y conocida su ferocidad asesina–, manteniéndose el contexto de proscripción al peronismo, debían convivir con un inevitable déficit de legitimidad. Esa suerte de carrera de rengos políticos se expresó en la Constituyente con la victoria de un voto en blanco que expresó una suerte de voto huérfano (21,93 %), por sobre las otras dos opciones que mantenían cierta masa crítica por historia: la UCR del Pueblo (21,91%) y la UCR Intransigente (18,85%). Ni Balbín, que expresaba no sin cierta fragilidad sectores dominantes vinculados al agro, ni Frondizi, que prometía una dinámica económica de gran industria ligada a la necesidad de atraer divisas y, por lo tanto, en ese momento, de inversiones extranjeras bien atendidas, encarnaban claramente un actor con la contundencia de erigirse en primera minoría autónoma a la hora de las negociaciones. Por el contrario, el peronismo, aun proscripto y disminuido respecto de sus momentos más plenos, era el espacio de confluencia de las clases populares, esta vez, oscilantes entre cierto grado de desmoralización por pérdida de su pujanza y cierto grado de organización autónoma por fuerza de la resistencia.
Cuando la situación se volvió insostenible y las elecciones generales se abrieron paso el espacio que lideraba Frondizi se encontró con el obvio objetivo electoral de atraer la suficiente cantidad de votos peronistas contenidos en el porcentaje de votos en blanco del ’57. Al mismo tiempo, el chispazo obrero-armamentista que se encendió en una zona del peronismo dejaba lugar al chispazo estratégico-electoralista que, surgido de una insinuación de John W.Cooke, encontró las voluntades de Perón y Frondizi, imaginando el primero un gobierno provisorio de la UCRI, y pergeñando el segundo un pacto provisorio con el peronismo para fines electorales. De modo que toda la carga que depositaran las partes en un pacto con vistas a un escenario posterior a las elecciones no podía sino responder a una combinación de voluntarismo y especulación. “Frondizi era consciente de que cualquier pacto, en tanto argumento público, del que fuera Perón unos de sus términos, era imprescindible e inaceptable a la vez. Por lo tanto, daba igual que se hiciera sobre una base o sobre cualquier otra.”[1] En su reverso, podemos sospechar el sabor a poco que el acuerdo representaba para el propio Perón que bien podría haberlo considerado tan aceptable como prescindible.
Ahora bien, más allá de las tramas dirigenciales y de las pujas entre sectores dominantes, la victoria de Frondizi en la elección de febrero de 1958 puso a prueba grados de organización, capacidad de impugnación e imaginación política en el interior de los sectores populares y las izquierdas no sectarias. ¿Serían capaces de ejercer suficiente presión sobre presidente electo quienes sostuvieron desde las bases el esquema peronista, formaran o no parte de la mística resistente dentro y fuera de las fábricas? ¿Cómo habrían de retomar conquistas, replantear fuerzas y forzar la ampliación del sistema democrático –sin mencionar una disputa de clases latente, aunque relegada y resignificada alternativamente por el peronismo? Es decir, el problema de la política argentina de aquel momento no se reducía a la voluntad del gobierno de Frondizi de cumplir lo pactado con Perón, sino a la incidencia real de los sectores populares en tanto actores políticos y a la reconfiguración de los sectores dominantes. En todo caso, al gobierno de Frondizi le cabía en lo inmediato el desafío de generar buenas condiciones de gobernabilidad apenas apagada la inercia del pacto electoral.
Antes de alcanzar Frondizi su primer año de gobierno la revista Qué –ya sin Scalabrini Ortiz en sus filas– atizaba a los enemigos del frondizismo con un argumento reduccionista y maniqueo. El medio oficialista ubicaba a la izquierda –ubicando a su vez a Cooke y al peronismo combativo en la izquierda– y a la “vieja estructura pastoril” como extremos que, tocándose en una coincidencia inesperada, atentaban contra los intereses de la nación. Horacio González, recorriendo con oficio de historiador las páginas de la revista Qué de aquel entonces (febrero de 1959), se detiene en el epíteto que sus redactores lanzaron contra Cooke y su supuesta “banda trotzskysta”: “Por su parte, el desarrollismo emplea los nombres no para recuperarlos –comunismo, trotzskysmo, son anuncios desventurados de una revolución alienada– sino para someterlos al juicio de una ‘nueva madeja superior’ de hechos…”[2] El gobierno venía de reprimir brutalmente a los trabajadores que participaron de la toma del histórico frigorífico Lisandro de la Torre, al que previamente se intentó privatizar, y sellaba con el estreno del plan CONINTES una suerte de cogobierno con las fuerzas militares que, según Horowicz, desmiente la versión difundida sobre “planteos” por parte de la cúpula militar al gobierno. La revista destilaba adjetivaciones como “agitadores” o “subversivos” y metáforas médicas como aquella de la “alergia” para referirse a la lucha obrera. Del mismo modo, como la retórica desarrollista marcaba, se hablaba de un “sindicalismo maduro”, capaz de comprender la conveniencia estratégica de ciertas deposiciones acompasadas con el progreso económico, desplazando –como sostiene González– los rasgos políticos del conflicto social al terreno economicista y, quién sabe, con la pretensión de fundar un nuevo espacio para la “alianza de clases” vacante desde el golpe del ’55, una suerte de “tercera posición” de nueva estirpe. Un dato no menor es la orientación que la cúpula de las 62 Organizaciones asumió durante el transcurso del gobierno de Frondizi, cambiando su pelaje combativo por el traje y corbata negociador de lo que se consolidará como burocracia sindical.
Horacio González se refiere también a la embestida de la revista Contorno (abril de 1959) contra el gobierno de la UCRI, divisando en el “ismo” apenas conseguido por su líder un futuro signo peyorativo. Al parecer, la distancia que los intelectuales de Contorno verificaban entre el Frondizi supuestamente “antiimperialista” de los años anteriores y el presidente que, tras haber interpelado a parte de la clase obrera, no dudaba en reprimir en nombre de una suerte de madurez productivista –un Frondizi que años más tarde apoyaría el golpe de Onganía y su proyecto económico–, merecía su señalamiento irrestricto. Por ejemplo, Dardo Scavino sostiene que el plan Conintes no significó un desvío del programa frondizista, sino el momento de su extremo cumplimiento. Ya en discursos previos al golpe del ’55 o incluso ese mismo año, asomaban consignas como “progreso” o “prosperidad” en términos absolutos, ligando de manera consustancial el desarrollo económico al crecimiento de las fuerzas espirituales. Del marxismo sólo le quedaba el esquematismo mecanicista de las corrientes más economicistas, del liberalismo recuperaba la utopía de un capitalismo igualitario en libertades, del nacionalismo tomaba la crítica a la dependencia y del peronismo los votos y una engañosa imagen espejada. Para el discurso desarrollista el bienestar era una consecuencia lógica del progreso técnico y la productividad industrial, y uno de los modelos que ponía como ejemplo era Estados Unidos. Nuevamente, ¿se puede hablar de la traición de Frondizi?
En esa Contorno de abril del ’59 León Rozitchner produjo una pieza notable para leer su coyuntura que vale como ejercicio para sus contemporáneos y como pista para quienes adviertan un delgado hilo de Ariadna costurero de lo aparentemente lejano. La coyuntura de fines del ’57 y comienzos del ’58 generó su propio “mal menor”. El mal mayor había sido demostrado puntillosamente con el golpe de la autodenominada “Revolución Libertadora” (luego renombrada con cierta justicia tardía “La fusiladora”), los asesinatos a militares y militantes insurgentes, los recortes económicos y la hostilidad hacia los trabajadores. Los de Contorno, críticos no antiperonistas del peronismo, habían asumido una posición férrea contra la lógica impuesta por el golpe y sus actores principales: fuerzas militares, partidos ultraconservadores, agentes del capital concentrado, democratismo conservador (UCRP), etc. Al mismo tiempo, habían apoyado críticamente la candidatura de Frondizi bajo la idea de que ésta expresaba toda la “ambigüedad objetiva del país”, es decir, no una salida por izquierda, sino una ambivalencia que, al menos, no excluía por principio una posición de izquierda. Así, los de Contorno se dicen intelectuales que caminan con la clase trabajadora, consistiendo su trabajo (esto no lo dicen, pero lo hacen) en enunciar, arriesgar una legibilidad posible y afrontar la dificultosa complejidad de su hora. En principio, se trataba de no considerar el acto electoral como un hecho total, ni de creer que una estrategia o una entidad superior –el pacto con Perón, el horizonte desarrollista, la razón del pueblo– garantizaría la felicidad distribuida en simples fases cronológicas. En todo caso, si el apoyo a la UCRI significaba, como “primer paso”, tomar la mínima distancia necesaria de la situación dictatorial, el paso siguiente no estaba escrito en ningún manual y el programa de Frondizi no lo iba a garantizar de hecho su victoria. “Pues no dijimos que ese compromiso iba a ser cumplido. Pensábamos que sólo los obreros podrían exigir su cumplimiento.”[3]
El repaso sobre la instancia previa a las elecciones no era, en ese caso, una forma del autoflagelo ni un acto aleccionador del tipo “teníamos razón”. Se trataba, más bien, de retomar la importancia de la complejidad del posicionamiento ante una situación que se presentaba como una dicotomía bien sencilla: Frondizi peronizado vs. la Libertadora antiperonista. Rozitchner relaciona el desengaño que el gobierno de Frondizi produjo apenas comenzado su mandato no con la psicología o la mala intencionalidad del gobernante, tampoco con su potencial traicionero, sino con la lógica engañosa que albergó desde un comienzo la confianza en esa opción electoral y, en un límite, en lo electoral mismo. Pasando en limpio la situación, parece que lo único que motivó a los intelectuales de Contorno a volcar su apoyo en favor de la victoria electoral de la UCRI fue el tipo de interpelación en que Frondizi se embarcó, la solicitación del apoyo obrero, reforzada por el apoyo del propio Perón. Pero, inmediatamente, se comprende que ese gesto nada tenía que ver con una transacción a pagar con silencio o beneplácito ni mucho menos (de ahí la crítica a la discreción de Scalabrini Ortiz tras dejar la redacción de la revista Qué, para no tener que criticar al gobierno). Por el contrario, el apoyo electoral formaba parte de una construcción más amplia que incluía la preparación de las condiciones enunciativas y el llamado a una posición crítica al frondizismo. Para Rozitchner era inadmisible que la supuesta capacidad, tanto de interpretar como de gobernar, que encarnan los dirigentes operara en el vacío de una distancia mistificada: “Este vacío que abre la suficiencia lo llena, sin embargo, la incomprensión.”[4] Advertía, al mismo tiempo, el antagonismode la clase trabajadora respecto de lo que representaba el affair entre fuerzas militares y poderes económicos, la insuficiencia transformadora del gobierno peronista, los límites insoslayables del frondizismo –y, finalmente, su posible irrelevancia histórica– y las dificultades de un sistema democrático que se constituyera como la opción más perezosa de las fuerzas populares dejándose abstraer como anudamiento entre una cuenta numérica y una definición jurídico-institucional.
La coyuntura electoral no se reducía a las opciones electorales y, si los de Contorno consideraban importante posicionarse votando, también consideraban imprescindible posicionarse ante el voto mismo afirmando la necesidad de construir una legibilidad más amplia y colaborar con una imaginación política que desbordara al desengaño, al moralismo y al realismo político. En todo caso, Rozitchner ponía su realismo (“Frondizi no era Lenin, ni la intransigencia ni el peronismo no eran el partido bolchevique”) a disposición de “las fuerzas más positivas”. Su señalamiento no estaba teñido de excusas ni de atributos forzados donde no correspondían, no era un realismo resignado que volviera determinismo la impotencia momentánea. Para los intelectuales de ContornoFrondizi no fue una opción electoral esperanzada (pura mística), tampoco una jugada de casino, como quien dice un ‘lance’ (puro azar), ni un movimiento estratégico genial que se confundiera con el curso de la historia (pura necesidad). Se trató de una apuesta realista que tenía como consecuencia ubicarse, antes de las elecciones y entreviendo un enemigo en el propio candidato, al comienzo de una lucha obrera, de una tarea intelectual, de una puja política: “la condición de nuestro compromiso para el enfrentamiento actual fue que se presentara esta coyuntura… La lucha que pedimos se abre ante nosotros.”[5] El texto de Rozitchner parecía una exhortación a los desengañados y nihilistas que se apagaban al ritmo de una anímica generalizada justo cuando las circunstancias exigían atención, disposición e imaginación. Los enemigos de clase seguían siendo los mismos, con sus medios de comunicación, su intelligenzia y su poder de fuego militar. Pero Frondizi, en algún punto, seguía siendo también el mismo, solo que su victoria electoral contenía la ínfima posibilidad del ejercicio de cierta presión obrera que debía reorganizarse (por ejemplo, superando los peronistas su orfandad). Sobre la endeble tregua volverse fuertes para generar condiciones de otra realidad posible. A partir de un respiro coyuntural forjarse una respiración política más intensa y duradera.

2.
La paradoja del realismo político está dada por la necesidad de la opción política en juego de construir su victoria y su solidez en base a la cercanía de lo que pretende desbancarla y debilitarla. Si el realismo, en lugar de formar parte de un movimiento más amplio, se estabilizacomo la lógica misma de sostenimiento de un gobierno, tarde o temprano se vuelve el doble de aquello que pretendía enfrentar. Policía bueno, policía malo. La distribución del escenario se ensombrece cuando, como dice un filósofo francés, la política se reduce a policía. “Esto es lo que constituye el ‘realismo’ político de Frondizi, el camino del menor riesgo, la mayor seguridad del triunfo: la conservación del poder. Cabe una vez más preguntarse: esta política de compromiso, ¿era la única posible? (…) De toda la gama de posibilidades, el llamado realismo político es el que menos recurre al riesgo, el que más decidido está a confundirse con lo que combate, el más dispuesto entonces a ser considerado como una traición por quienes lo llevaron al poder.”[6] Para colmo de realismos, se trataba de una determinación de lo posible en sentido economicista.
            Si una votación deja a los votantes, sus deseos y capacidades reales fuera de juego, una vez consumada la asunción de los nuevos mandatarios, se cae tardíamente en la cuenta del agotamiento de una vitalidad política. ¿Quién decide ahora sobre lo posible? ¿El vencedor de una elección? ¿O acaso el vencedor de una elección, cuando lo hace en los términos del “mal menor” encarna un consenso previo en torno a lo posible? Por otra parte, si “lo posible” se objetiviza, si algo como “lo posible” que no es otra cosa que invención y caducidad torciéndose el brazo mutuamente –disputa, relación de fuerza–, es visualizado como una roca inamovible, su aceptación sin más nos vuelve inevitablemente reactivos, en tanto “la aceptación del determinismo es la antítesis de la política creadora”[7]. En un pasaje del texto Rozitchner sostiene que “se trata de pensar qué hacer”. ¿Habla la época? ¿Podríamos hoy pensarnos en esos términos? ¿Es lo mismo para nosotros indagar cómo encontrarnos activos ante la situación que se nos presenta? ¿Cuál es nuestro determinismo y cuáles nuestras chances creadoras?
            La forma en la que parece caracterizar al período anterior tiene el interés de hacerse cargo de la ambivalencia popular. No acepta ni la linealidad que lee al peronismo como ángel o demonio, ni aquella que se descubre desengañada ante la traición de Frondizi. El “deseo de satisfacción y bienestar” y la “inconfesada voluntad de entrega” forman parte del mismo proceso político que, por un lado, hizo emerger y sostuvo al peronismo forzando la aparición con vida de un nuevo actor político y, por otro, encontró desarmado y desangelado a ese mismo actor ante el golpe. ¿Cómo encontró a las fuerzas más activas el poco prometedor escenario electoral del ’58? Traición anunciada no es traición.Si Perón nació al calor del 17 de octubre, Frondizi se encontró con su agotamiento. Pactó con el peronismo y buscó en sus restos electores frescos para levantar la épica, extraña por fría, del desarrollismo. Una odiosa comparación revolotea nuestras mentes: ¿habrá en la figura de Scioli algo de pacto inverosímil cuando recita en dos minutos el decálogo kirchnerista? ¿Qué del 2001 está, en buena medida, agotado?El kirchnerismo no está proscripto ni exiliada su líder como el Perón de aquel entonces, pero quedó lejos del éxito electoral tras un período pobre de gobierno y una derrota importante en 2013. En otro nivel, ¿cómo se conjugan los deseos de una vida generosa que marcaronel piso social por abajo y las capturas y zonas grises del período? Es decir, ¿cómo quedan las subjetividades que trazan las vidas populares de hoy? Consumo subsidiado, financierización capilar (y de la otra), cultura del trabajo en el vacío, violencias reactivas… Una similitud y una diferencia respecto de la coyuntura frondizista: como entonces, no se percibe un ánimo batallador en lo que queda de pueblo; a diferencia de entonces, el nuestro no es un “mundo convulsionado” en los términos de disputa ideológica con horizontes socialistas en pleno desarrollo. En Europa solo las revueltas inmigrantes pueden producir alguna fisura, más allá de experiencias dinámicas como las de Podemos y Syriza, entre otras; mientras que los países continentales solo disputan restos de hegemonía capitalista.
            Nuestro “qué hacer”, nuestro quehacer, no está nada claro. Amigarnos con la poca claridad que el mundo nos ofrece es el trazo fino entre habitar la incomodidad y regodearse en un placer inconformista. A su vez, el inconformismo, tanto en su versión esnob como en su oferta gruñona, nos deja en un balotaje (¡otro balotaje!) horrible: nihilismo o indiferencia estéril. En ese sentido, el gesto de Rozitchner es tanto o más importante que las categorías de las que se vale para diagnosticar y calar hondo en el drama de su coyuntura. En otro texto dice: "Nos sentimos incómodos dentro de nuestra propia piel..." La incomodidad sentida y construida como lugar desde el cual pensar y decir. Hablar de las fuerzas populares sin acreditar ahí una proveniencia ni atribuirse un rol histórico vanguardista; asumirse intelectual burgués de izquierda para decir que si hay un actor que no tiene derecho a juzgar al peronismo es la mismísima burguesía. Rozitchner habla como un amigo del proletariado –toma distancia de la izquierda “abstracta” que reduce al proletariado a su idea de clase consciente–, una sensibilidad que se nutre de la potencia plebeya y que, sin concesiones, la nutre con su compromiso y creatividad. De nuevo la incomodidad. Solo que, a diferencia de nuestras condiciones, a Rozitchner le servían las palabras con se venía tramando su pensamiento; disponía de una lengua con y dentro de la que pulseaba. ¿A nosotros nos convienen las palabras que intentamos hacer nuestras? A falta de palabras insistimos en el gesto como si fuera un consejo ofrecido con mímica: no rehuir a lo feo, malo y sucio que se nos presenta, inventarnos un tiempo en la urgencia y, sobre todo, no juzgar al mundo. Se trata de una velocidad que nos emparente con lo que pasa. Un NO sin propuesta alternativa. ¿Inmovilismo? ¿Gradualismo del espíritu? Tal vez solamente tiempo. Pero no un tiempo “estratégico” significado de antemano, sino un tiempo abierto como herida. ¿Dolorismo? No es necesario autoflagelarse, sino solo tomar registro de lo que ya punza mientras nuestro voluntarismo o nuestra razón argumentativa disfrazan la herida de raspón. La religiosidad del militante dice “levántate y anda”. No aceptamos que no tener ganas es una de las formas del deseo que tal vez en la suspensión habilite una nueva comprensión de las ganas mismas. Comprender las ganas no significa despojarlas del bello misterio que suponen, sino volver menos supersticiosa nuestra relación con el entusiasmo… y su misterio. Darse tiempo, entonces. El alivio como práctica de sí, para retomar cierta confianza en los otros y las cosas.
           

3.
            La senda del mal menor conecta con todo el imaginario del realismo político y la astucia como ratio última de la estrategia de “liberación nacional”, una suerte de razón instrumental progresista que insiste en la historia argentina desde la segunda mitad del siglo XX. Una vez convencidos de la existencia de ese bloque que encarnaría sustancialmente el proyecto inapelable del buen pueblo toda aspereza, contradicción o incluso cambio de dirección aparece como emanación de ese centro estratégico que regala tácticas, a veces incluso ilegibles por sus propios seguidores. Es un evolucionismo que a partir de puntos de anclaje favorables (medidas económicas, posturas políticas, aciertos, sí, estratégicos) recodifica toda fisura en términos de “lo que falta”. Un teatro conformado, por un lado, por líderes, fieles seguidores, intelectuales que están a la altura –y solo tienen permitida la crítica tibia y sin consecuencias– y acompañantes concienzudos que, sin llegar a fieles, al menos no juegan para el enemigo; por otro lado, están los carcamanes de siempre, imperialistas externos e internos, las clases medias egoístas, las debilidades del pueblo cuando se confunde (porque el enemigo no persuade, engaña), las izquierdas útiles y los intelectuales egoístas (son de clase media, claro) que se divierten construyendo otros mapas problemáticos incomprensibles por un pueblo deseoso de emociones fuertes. Es una paradójica forma de disolver el conflicto, simplificarlo y reducirlo a estereotipos, sobreactuar un conflicto “principal” que se funde sentimiento. De ese modo, conflictividades que se arman en los distintos registros y situaciones, es decir, en territorios, lógicas de funcionamiento o actores, permanecen invisibles o son calificadas como de segundo orden… o directamente entregadas a capturas oportunistas y reaccionarias. ¿Quién le hace el juego a quien en esos casos?
            Cuando la astucia atribuida al líder o al espacio enunciativo que detenta la decisión sobre lo posible, su capacidad de reservarse la última carta ante el enemigo, a tal punto de volverla también invisible o incomprensible para sus propios seguidores, se corresponde con una realidad difícil de sostener desde ese lugar, solo queda la fe en la autoridad momentáneamente reconocida. Rozitchner dice con cierta ironía sobre Frondizi: “él quiere crear condiciones de simulación y realismo tales que hasta el mismo imperialismo se confunda, que hasta los supremos tramposos caigan en la trampa.”[8] El propio Perón en la entrevista cinematográfica que le hacen Solanas y Getino[9] hace alarde de su viveza, superior a la capacidad de engaño de los ingleses. En junio de 2009, cuandoArgentina volvió a recurrir a un crédito por parte del Fondo Monetario Internacional, la revista Barcelona publicó un titular socarrón: “GILES: En el FMI ignoran que el préstamo a la Argentina será para financiar la Revolución Socialista”.Si el héroe dice “lo hago por ustedes, sin ustedes”, la astucia realista puede llegar a extremos tales como “lo hago contra ustedes por ustedes”. Algo así como el secretismo de Estado –que presupone al Estado como razón última– trasladado a un grupo gobernante –que se insinúa portador último de una causa. Cuando Agustín Tosco, en el debate televisivo que mantuvo en febrero de 1973 con José Ignacio Rucci, señalaba aspectos preocupantes del espacio que conformaba al Frejuli, como “la presencia de Solano Lima –que había prometido erradicar al marxismo–, o lo que significa Frondizi, su Conintes, su entrega del petróleo”, Rucci le explicaba que los nombres eran relativos ante la importancia del proyecto y, claro, la figura de Perón, es decir, la astucia última, “conciencia total” del movimiento. Insistía en su sarcasmo Rozitchner en torno a lo que se había generado alrededor de la figura de Frondizi: “Nuestro engaño no es sino la contraparte de su verdad, y existe un futuro que podrá contenernos a todos, cuando la realidad se confunda con sus intenciones. Y ese será el futuro argentino que todos añoramos: la conjunción de lo nacional y lo popular.”[10]
            El razonamiento de los de Contorno planteaba que si un gobernante se pliega a las fuerzas que supuestamente estaba destinado a combatir puede pasar a sostenerse con mayor o menor dificultad por esas mismas fuerzas. Eso significaba que desde el punto de vista de las fuerzas más activas el gobierno, dejando de necesitarlas dejaba, por eso mismo, de ser necesario: “el ‘realismo’ economista constituye el modo como la burguesía industrial se inclina en busca de la alianza con la burguesía oligárquica y pretende escamotear a su favor el planteo del primero –sentido nacional y popular– que contenía la integración de ambos términos.”[11] Desde un punto de vista marxista, tanto como desde un planteo que lee según el modelo de la guerra las relaciones sociales (Rozitchner, antes que Foucault, lector de Clausewitz), el peronismo suponía, tantoel reposicionamiento de un actor antes despreciado como actor político, como el desplazamiento de la lucha de clases, de la guerra de intereses, en favor de una armonía viabilizadora de un capitalismo social[12].Entonces, el contexto del frondizismo empeoraba el asunto y aumentaba el desafío para los sectores populares, ya que el matrimonio por conveniencia anterior (la “alianza de clases”) se revelaba inservible para la burguesía industrial, y “los hechos”, es decir, el realismo economicista y la moral productivistala acercaban nuevamente a la patronal de las patronales, la vieja oligarquía y los nuevos capitales concentrados. Frondizi no solo mantenía la proscripción del peronismo, sino que proscribía la fuerza real y realista de sus votantes y volvía a confinar a los sectores populares a su minoría de edad previa al peronismo. Junto a quienes criticaban al Estado dadivoso prometió un mercado… dadivoso. Esgrimió como único horizonte de sus políticas el proyecto de la abundancia económica y dejó como legado el canalla argumento del “derrame” económico con el que la acumulación de los ricos alimentaría a los pobres y a los trabajadores adaptados, es decir, según sus comportamientos y no por fuerza de sus derechos conquistados.
           

4.
            Otra combinación que conecta épocas, es decir, la nuestra con aquella del frondizismo, es el recurso al catolicismo como pegamento moral del desarrollismo. La anticipación de los de Contorno no llegó tan lejos como la acción confirmatoria del gobierno, que llegó a impulsar la enseñanza religiosa y privada. Se pretendía desde el gobierno una alianza con la Iglesia Católica que le proporcionara herramientas de cohesión social y de ordenamiento moral. Pero, si en esos años la iglesia no atravesaba su mejor momento en el país, hoy la figura del Papa nos obliga a pensar en un alcance mayor por inteligencia en la lectura y potencia mediático-religiosa (la creencia en la imagen le viene de arriba). Para el frondizismo, la intervención eclesiástica conformaba parte de su horizonte moral, funcionaba, en algún punto, como el reverso culpógeno de un proyecto tecnicista. Pero, ¿podemos seguir pensando de la misma manera esa relación entre iglesia y política en nuestro país? En el contexto de ese desarrollismo tensionado por las aspiraciones de bienestar económico de buena parte de los sectores populares, las “imágenes de felicidad” que, como decía Rozitchner en su texto, poblaban la decadencia vital del imperialismo –forma que asumía el capitalismo de entonces–, no alcanzaban y se complementaban positivamente con la purgante atmósfera cristiana. Pero nuestras condiciones, vaciadas ya de ascenso social tanto como de ascenso a los cielos, ponen a funcionar de otro modo a los actores, que también son otros.
            El Papa, en tanto político peronista de la estratósfera, produce enunciados, guiños y gestos que se superponen si se los piensa conjuntamente, pero mantienen una lógica de segmentación que imita al comportamiento del mercado si se los lee por separado como manteniendo cada cual una lógica propia. Así, por un lado hace gala de un honestismo diplomático que se viraliza como nota de color mejorando la imagen de la iglesia en general; por otro, se dirige a los jóvenes de las clases medias y medias altas en un formato descontracturado y los sorprende con su ya esloganado “hagan lío”; cuando viaja a entrevistarse con líderes latinoamericanos no deja de resultar ambiguo: reconoce los excesos del capitalismo antelos bolivianos, mientras que en Chile recomienda a los sacerdotes no hacer caso de los “políticos zurdos”. Su relación con Argentina es la de un pescador de mediomundo con un mar manso y próximo. Ya no se trata de ovejas descarriadas, sino de pescaditos de diversas características, algunos involucrados con el evangelismo otros indiferentes, a los que la iglesia –y, en particular, esta versión papal– necesita reconquistar o, al menos, reconocer. Además, este catolicismo de la reconquista y la reconciliación cuenta con el beneplácito de un ateísmo moralista y disgustado con la época.
            Otra de las fórmulas sugerentes de Bergoglio vuelto Francisco fue “Tierra, Techo y Trabajo”, aunque procuró pronunciarla separada de su más conocido “hagan lío”. En cambio, en boca de Scioli suena a promesa electoral y se confunde con un simple pedido de fe a los electores. Macri, por su parte, sintoniza más con los pronunciamientos que mantienen al Papa estrictamente dentro de posiciones tradicionales de la iglesia respecto del aborto y las relaciones que desbordan el régimen de la heterosexualidad. Sin embargo, más allá de la apropiación de los espacios políticos y sus relaciones efectivas con el Papa, Bergoglio es más peronista que los dos candidatos juntos, y su lectura y vínculos tocan lo territorial. Por ejemplo, desde mediados de 2013 se planteó un diálogo entre Francisco y el Movimiento Evita (a través de su líder, Emilio Pérsico) que derivó en un proyecto de construcción de parroquias en algunas de las zonas de influencia de la organización. En el material surgido de ese diálogo, un folleto titulado “Misioneros de Francisco”, plantea una suerte de querella fundamental entrela cultura moderna, caracterizada por la técnica, la economía no sustentable, el individualismo y el consumismo, y la cultura popular, definida según los siguientes ítems[13]: “Se conforma con costumbres y tradiciones”, “Siente la vida y la muerte”, “Sabe de la lucha por el pan de cada día por medio del trabajo”, “Se siente unida con los demás hombres”, “Permanece en la búsqueda del misterio (su destino, Dios, el ‘más allá’)”. A partir de esas definiciones se teje un material que conjuga diagnósticos del presente, tareas para las nuevas parroquias y momentos de afirmación del espíritu religioso y la fe popular que rozan el manifiesto. Es decir, que en nuestras circunstancias no es necesaria una alianza explícita entre iglesia y gobierno, ya que el llamado “consenso neodesarrollista” gobierna más allá de los mandatarios y, en todo caso, la suerte del catolicismo dependerá de la red de relaciones de la que sea capaz, partiendo de una percepción lo más ajustada posible de la situación de los sectores populares que en otro tiempo se forjaron una espiritualidad cristiana más estable.
            Algo de las condiciones de movilización y angustia de los territorios referidos es planteado en el folleto: “Reconociendo que el espíritu consumista propio de la cultura moderna ha penetrado en los barrios y está afectando su vida, se promoverá, en todos los casos en los que resulte posible, que junto a la capilla se arme un espacio para promover la práctica de deportes populares como alternativa contar la droga y el consumo excesivo de alcohol.” Solo que los “misioneros de Francisco” se proponen atender por separado el flagelo denunciado, siguiendo la línea del argumento principal que ubica, de un lado, al pueblo y a los pobres rebosantes de pureza y simplicidad en su fe y, del otro, a la “cultura moderna”, tan corruptora como inevitable. En la tapa del folleto, una de las fotos muestra un grafiti en que la frase estrella “Hagan lío” se completa con una oración que la ordena: “salgan al barrio”; a su vez, toda la frase se enmarca en uno de los ángulos de la cruz que cuelga de la pared. Las cartas están echadas y ya nadie podrá marcarlas desde una astucia última que decidirá el destino de la jugada, en todo caso, esas cartas contienen algo de la ambigüedad de un presente complejo y dependerá de la capacidad de apropiación popular –haciendo lío o dócilmente– su posicionamiento ante formas de relación que hoy vuelven oscura la atmósfera. En cuanto a Bergoglio, demostró ser un notable jugador y su actuación como Francisco dependerá también de los movimientos del resto de los jugadores.
           
           

5.


Unos “nosotros” se tejen y destejen desde 2001. Esta vuelta (esta segunda vuelta) los “nosotros” se funden en un todo antimacrista para que la eficacia del bloqueo al proyecto político que con menos tensiones internas encarna los intereses y estilos de vida del establishment. En otro tiempo la UCD sólo podía imponer ministros y su eterno ministro y candidato a presidente, Alsogaray, llegó a decir que la gente no los entendía. Hoy se presenta una posibilidad neta de legitimación en las urnas de la visión más recalcitrante de la que, al parecer, es capaz nuestro país. Solo que el Pro no es la UCD. La incomprensión respecto de las teorías conservadoras de ayer se vuelve sobreentendido de hoy, o incluso decreto de la no necesariedad de comprensión alguna.Macri, contrariamente a su antecesor ideológico, no solo no se siente incomprendido –tampoco se diente “ideológico”–, sino que se sorprende gratamente ante un resultado electoral que supera las expectativas de su espacio político.
Pero la dificultad del intento de bloqueo en el que nos embarcamos como en bote de inundado, pasa por la relación que sepamos conseguir con nuestro “mal menor”. Las posiciones que, en buena medida, acreditan en la opción del FPV van de la homologación sin más entre Scioli y el kirchnerismo, al peronismo de la reconciliación, pasando por ciclotimias hechas de narices tapadas y de entusiasmos vacíos soldados por la esperanza. Desde una posición crítica del kirchnerismo, mas no antikirchnerista, se puede afirmar sin temor que Scioli es inmilitable, y que el riesgo del voto fácil, es decir, el voto sin esfuerzo de pensamiento, autointerrogación y búsqueda de las propias zonas activas, pasapor quedarnos sin respuestas o siquiera sin fuerzas ante el parentesco efectivo de ese “mal menor” con el mal mayor en que podría convertirse tras la victoria. Así debería decir el único afiche sensato –contradicción in adiecto mediante–que llame a votar a Scioli: “La Victoria del mal menor”. Llenar las urnas de esperanzas vacía nuestras posibilidades políticas, nos deja en sala de espera lidiando con revistas viejas. Pero la dificultad indica que tampoco un activismo voluntarista estaría a la altura de encarar la situación. Cuando ni el apuro ni la espera nos conforman sentimos que hay algo que hacer con el tiempo, es decir, que podría incluso no tratarse de “hacer”. Un tiempo para el pensamiento, una temporalidad de los recodos donde las amistades fortalecen, una interrogación sobre los procesos que nos anteceden, contienen e incomodan al mismo tiempo, un sinceramiento sobre lo que nos duele. Ante el hacer de la gestión y el de la militancia automática, nos queda nuestro actuar, lo activo de unos “nosotros”. Con la consciencia del desdoblamiento que toda “actuación” supone como convivencia interna entre lo que somos actuando y el no ser que nos compete, lo abierto. Ni la gestión del extremo relativismo ni la militancia de la verdad, sino la actividad-actuación de una apuesta.



Nota al pie


¿Había dos “modelos” en pugna? ¿Los había en mayor medida que en el balotaje 2015? A diferencia de nuestras condiciones, puede sospecharse una composición social distinta, sobre todo por la mayor homogeneidad de la clase obrera y, en consecuencia, la importancia del rol del sindicalismo y la capacidad del peronismo para canalizar esas fuerzas sin la necesaria oposición de buena parte del sector industrial (suena sin dificultad la idea de un capitalismo nacional). Al mismo tiempo, una variable que, en todo caso, en nuestro tiempo dejó lugar a otras sofisticaciones, es el perfil dictatorial dado, tanto por la capacidad real del ejército de tomar el Estado por la fuerza, como por la predisposición de una porción importante de los sectores dominantes a imponer de facto su proyecto. Es decir, que hoy día resulta más complicado afirmar la existencia de dos modelos encarnados, por otra parte, en dos candidatos residuales del menemismo. Tanto sus propuestas cambiarias, como las medidas de corto plazo que anuncian o incluso lo que esconden a medias, presentan diferencias lo suficientemente superficiales como para dejar en ridículo cualquier mística militante a su alrededor. Esas medidas, actitudes y economicismos no son puestos en discusión, son el acuerdo tácito de los dos candidatos para organizar desde ese acotado horizonte sus ventajas diferenciales (del producto “candidato”). En todo caso, desde el punto de vista de los sectores populares, las pequeñas diferencias específicas, tanto a nivel estético como de medidas posibles, de actitudes respecto de actividades territoriales y enlaces institucionales, o incluso de plazos devaluatorios deberán ser señaladas con máxima precisión y argumentos lo suficientemente sólidos como para sumarse a un estado de alerta poselectoral.
¿Qué será de la enunciación simplificadora de la campaña actual si la llegada del Pro al ejecutivo nacional no provoca el derrumbe inmediato de “lo conquistado” y las variables más sonantes se mantienen impávidas ante el deterioro de los salarios y de la situación de precarizados y empobrecidos que viene dándose ya desde hace algunos años? El riesgo de quedarse sin argumentos es muy alto para quienes anuncian cortes y recortes de carnicero por parte de quienes, por el contrario, vienen practicando con el bisturí. Ya no se trataría tanto del “mal menor” que, una vez en el poder, se acerca indefectible al mal mayor, sino del supuesto mal mayor que, una vez atravesado el umbral de la legitimidad electoral, se acerca al mal menor en busca de un mínimo de gobernabilidad y administra su cuota extra de “mal” al menor costo político posible. Por ahora son solo conjeturas.



Cuadro odioso de ayer y hoy


Ayer                                                                                        Hoy
agotamiento del 17 de octubre
agotamiento de 2001
golpe militar
avance securitista, represión policial, linchamientos
mal menor Frondizi (para salir del golpe)
mal menor Scioli (para bloquear la legitimidad de la derecha pura y dura)
bloque dominante conformado por vieja oligarquía, nuevos industriales, fuerzas militares y alianzas internacionales
panorama de captura y dominación del capital financiero, extranjerización de la riqueza, explotación exhaustiva de recursos estratégicos (agro, minería, agua),  medios de comunicación
proceso de modernización industrial, afianzamiento de una burocracia sindical, emergencia del clasismo
sindicalismo fragmentado, debilidad de movimientos sociales, reconfiguración posfordista del universo laboral
encerrona del campo popular en el punto en que sus “sueños” coinciden con el sueño burgués
subjetividad popular tramada por la serie subsidio-consumo-endeudamiento, activismos reticulares




Ariel Pennisi, octubre-noviembre de 2015



[1] Alejandro Horowicz. Los cuatro peronismos. Buenos Aires: Edhasa, 2005.
[2] Horacio González, “Fotocopias anilladas” en Horacio González, Eduardo Rinesi, Facundo Martínez, La nación subrepticia. Buenos Aires: ed. El Astillero, 1997. 
[3] León Rozitchner, “Un paso adelante, dos atrás”, revista Contorno, Buenos Aires, abril de 1959, p. 184. (Contorno, edición facsimilar, Buenos Aires: Biblioteca Nacional, 2007)
[4]Idem., p. 184.
[5]Idem, p. 185.
[6]Idem, pp. 185-186.
[7]Idem, p. 186.
[8]Idem, p. 188.
[9]Perón, la revolución justicialista y Actualización política y doctrinaria para la toma del poder (1971/72).
[10]Idem.
[11]Idem, p. 189.
[12] Es bien interesante la genealogía de “lo social” que practica Donzelot, donde el “bienestar” provisto por el Estado aparece como constitutivo de lo social mismo, en contraste con los regímenes conservadores a esa altura anticuados, tanto como con la acción de las fuerzas revolucionarias vista como “disolvente”desde el punto de vista del liberalismo político. El Estado social aparece, antes que como una vertiente posible de las repúblicas modernas, como una forma eficaz de gobierno. (Jacques Donzelot, La invención de lo social. Ensayo sobre el ocaso de las pasiones políticas. Buenos Aires: Nueva Visión, 2007).
[13] Las negritas pertenecen al original.